Martín Lutero se separó de la Iglesia católica al percatarse de que todo se cobraba: las primicias, el perdón de los pecados, los bautismos y otras manipulaciones a las que eran sometidos los fieles. Por estas y muchas razones más surgió el protestantismo, corriente que hoy cobija a las iglesias evangélicas, las cuales han ido creciendo de manera acelerada.
Ese crecimiento ha estado acompañado por la aparición de pastores convertidos en figuras mediáticas, dueños de megatemplos y promotores del llamado “evangelio de la prosperidad”. Algunos, como Cash Luna o Guillermo Maldonado, han construido verdaderos imperios económicos alrededor de la fe.
En África y en Estados Unidos existen pastores con fortunas que superan los 50 millones de dólares. Para muchos, la fe y Jesucristo de Nazaret se han convertido en un gran negocio. En El Salvador, por ejemplo, hay megaiglesias capaces de albergar a más de diez mil fieles.
En algunos templos, la prédica central de los domingos gira casi exclusivamente alrededor del diezmo. Se repite una idea: entre más se da, más prosperará el creyente, como si la bendición de Dios funcionara bajo una lógica de transacción comercial.
La iglesia más poderosa del mundo sigue siendo la Católica. Posee enormes riquezas y también arrastra una larga historia de corrupción. Lo que ha salido a la luz sobre el Vaticano resulta bochornoso: escándalos sexuales, pedofilia, ambición desmedida y abusos de poder.
La Iglesia católica se autoproclama fundada por Cristo, pero Jesús de Nazaret no vino a fundar ninguna institución religiosa. Fue el Imperio romano el que organizó el cristianismo con fines políticos, utilizando la fe como instrumento de dominación.
El miedo a la culpa, a la condena y al infierno empuja a millones a congregarse, a creer ciegamente en el Papa y a confesar sus pecados ante sacerdotes, olvidando que —según la misma Biblia— solo Jesucristo tiene autoridad para perdonar pecados. También es cierto que existen iglesias evangélicas bien organizadas, con medios de comunicación propios, emisoras y canales de televisión, lo que les ha permitido ampliar su alcance e influencia.
Pero, más allá de templos, jerarquías y denominaciones, la verdadera iglesia está dentro de cada ser humano. La comunicación más pura con Dios es la oración, sincera y personal, sin intermediarios. Que Dios los perdone a todos y que recuerden siempre sus propias palabras: “Nadie llega al Padre sino por mí. Yo soy el camino, la verdad y la vida.”



