En Cartagena y en el departamento de Bolívar, las campañas a la Cámara de Representantes —principalmente— parecen haber sustituido el debate público por una pista de baile. Lo que debería ser un escenario de confrontación de ideas, diagnósticos rigurosos y propuestas viables para enfrentar los problemas estructurales de la región hoy se asemeja más a una competencia de coreografías, risas ensayadas y videos virales diseñados para entretener, no para gobernar.
La política, reducida al “perrateo”, al salto coreográfico y al bailoteo frente a un celular, corre el riesgo de convertirse en una caricatura de sí misma. Jóvenes aspirantes, muchos sin trayectoria ni experiencia en lo público —y algunos impulsados por estructuras familiares que buscan prolongar su influencia— han asumido que una campaña se gana acumulando “likes”, no construyendo argumentos.
Son candidatos que, más que presentar una visión de territorio, parecen competir por quién produce el video más simpático, el gesto más “auténtico” o el paso de moda más contagioso.
Detrás de esta puesta en escena digital se esconde un vacío inquietante: la casi total ausencia de contenido ideológico y programático. No hay debate serio sobre la crisis hospitalaria del departamento, el abandono de la red vial terciaria, la pobreza rural o la informalidad laboral que asfixia a miles de cartageneros. Tampoco se escuchan propuestas sólidas sobre educación pública, seguridad, turismo sostenible o mecanismos reales para recuperar la confianza en las instituciones.
En cambio, lo que abunda es la sonrisa permanente, la música estridente y una cercanía cuidadosamente fabricada. Se vende juventud como si fuera sinónimo de competencia. Se vende simpatía como si equivaliera a experiencia. Se vende popularidad digital como si fuese liderazgo político.
Resulta aún más preocupante que varios de estos aspirantes no llegan por mérito propio, sino por herencia política. Son hijos de dirigentes tradicionales que, impedidos por desgaste, cuestionamientos o sanciones, buscan extender su poder a través de nuevas figuras: rostros frescos en apariencia, pero muchas veces vacíos en contenido. Es el reciclaje del poder con filtro de TikTok.
Este fenómeno se percibe con especial fuerza en campañas de partidos tradicionales como el Liberal y el Conservador en Cartagena y Bolívar. Colectividades que históricamente contaron con cuadros ideológicos, debates internos y propuestas para el país hoy parecen resignadas a impulsar candidatos cuya principal estrategia es volverse virales. No se les oye hablar de doctrina, de visión territorial ni de políticas públicas; apenas se les ve bailando.
La trivialización de la política no es un asunto menor. Cuando el debate público se transforma en espectáculo, el elector deja de ser ciudadano para convertirse en espectador. Se le entretiene, se le distrae y se le seduce con simpatía, pero no se le respeta con argumentos. Se apela a la emoción inmediata, no a la reflexión crítica. Se busca el aplauso, no el compromiso.
El resultado es un electorado que vota por afinidades superficiales y no por convicciones informadas. Un departamento que elige representantes sin saber realmente qué piensan, qué proponen o qué están dispuestos a defender en el Congreso. Y, en consecuencia, congresistas que llegan a Bogotá sin hoja de ruta, sin agenda clara y sin la preparación necesaria para representar los intereses de Bolívar.
Las redes sociales no son el problema; son una herramienta poderosa para comunicar ideas. El problema aparece cuando no hay ideas que comunicar. Cuando la campaña es puro ruido, pura imagen y ningún contenido.
Cartagena y Bolívar necesitan representantes que comprendan la gravedad de sus desafíos, que sepan debatir, que puedan legislar y que tengan el carácter para defender al territorio. No influencers de temporada que confundan popularidad con capacidad. Porque gobernar no es bailar. Representar no es posar. Y hacer política no puede seguir reduciéndose a producir TikToks.



