Soy orgullosamente militar en la reserva. Y lo seré hasta el último día de mi vida. Para mí, el “exmilitar” no existe. Quienes ingresamos a las escuelas de formación por convicción, mística y patriotismo lo sabemos bien. Mi familia me educó, la escuela me dio bases académicas, pero fue el Ejército el que forjó mi carácter: como hombre, como ciudadano y como servidor de la patria. Esa huella no se borra con el retiro, ni con el cambio de ropa, ni con la entrega del uniforme. Permanece en la piel, en la mirada y en la forma de pararse frente a la vida.
Desde hace algún tiempo vengo escribiendo en distintos medios sobre un tema que me preocupa y me duele profundamente: la fragmentación de las reservas y de los veteranos en Colombia. He sido crítico, sí, pero desde la convicción de que la crítica constructiva también es una forma de lealtad. He hablado del tránsito “de los cuarteles a la política”, de la mística que se diluye y de la disciplina que se relativiza. Y hoy, cuando el país atraviesa una coyuntura compleja en lo político, lo social y lo institucional —y cuando cada vez más veteranos y reservistas se inscriben en la contienda electoral—, la pregunta resulta inevitable: ¿por qué no estamos unidos en un solo partido, en un solo movimiento, orientados —como cuando estábamos en filas— por una sola cabeza y un mismo propósito?
Algunos se preguntan si al quitarnos el uniforme se pierde la esencia del militar o del policía. Otros creen que la vida civil justifica abandonar principios, códigos y formas de relacionarnos. Mi respuesta es simple —y quizá por decirla me lapiden—, pero tengo la autoridad moral para plantearla: lo que hoy nos divide son los egos, los resentimientos y el afán de protagonismo. Y, en no pocos casos, también la brecha que genera tener o no la asignación de retiro, ese ingreso que en la vida civil llaman pensión y que solo reciben quienes completaron más de veinte años de servicio.
En filas éramos parte de una institución piramidal, con jerarquías claras, mando definido y una disciplina que no se negociaba. Afuera ingresamos a una lógica horizontal, donde todos somos ciudadanos con iguales derechos, pero no siempre con la misma madurez para comprender ese cambio. A algunos el grado se les subió a la cabeza y creen que deben seguir mandando; otros sienten que nunca fueron reconocidos como merecían y hoy buscan ajustar cuentas con la historia. Entre unos y otros, se diluye la oportunidad de construir un bloque sólido de veteranos y reservistas con verdadero peso político en un país que clama por orden, seguridad y autoridad legítima.
Desde mi condición de reservista del Ejército Nacional, tengo claro que el grado siempre estará ahí. El soldado, el cabo, el sargento, el teniente, el capitán, el mayor, el coronel, el almirante o el general: cada uno llegó hasta donde llegó por su trabajo, sus méritos y las circunstancias propias de la carrera militar. Eso no está en discusión y en la reserva se respeta esa trayectoria. Pero también es cierto que afuera las reglas cambian. Ya no estamos en una estructura cerrada y jerárquica, sino en una sociedad abierta, donde el liderazgo no lo otorga el rango, sino la capacidad, la preparación, la coherencia y el ejemplo.
Aquí aparece otro punto incómodo, pero necesario: hay soldados profesionales retirados con veinte años de servicio que se han formado en la vida civil y hoy son excelentes técnicos, tecnólogos y profesionales. Los hay abogados, administradores, líderes comunitarios y empresarios. Al mismo tiempo, existen suboficiales y oficiales que, pese a su grado, no se prepararon para el mundo civil y hoy están desconectados de la realidad social, económica y política del país. Pretender que solo por haber sido coronel o mayor se tiene un derecho natural a un cargo de elección popular es tan absurdo como creer que un soldado nunca podría ser un buen concejal, diputado o alcalde. En democracia, el mérito se vuelve a construir.
El problema es que muchos no han entendido esa transición. En la reserva, en algunos casos, se pierde la mística que nos caracterizaba en filas. La disciplina se reemplaza por soberbia; la camaradería, por envidia; la lealtad, por zancadilla política. Nos atacamos entre nosotros por el grado, por la fuerza de origen —Ejército, Armada, Fuerza Aérea o Policía—, por tener o no asignación de retiro, por quién fue más “duro” en el monte o quién pasó más tiempo en un escritorio. Discusiones estériles que poco le importan a un país que hoy sufre inseguridad, extorsión, pérdida de autoridad del Estado y una profunda crisis de confianza en sus instituciones.
Desde una mirada militar, esta desunión es un error estratégico. Desde lo disciplinario, una traición a los valores que juramos defender. Desde lo social, una oportunidad perdida para ofrecer liderazgo con carácter en medio del desgobierno. Desde lo económico, un desperdicio de capital humano formado con recursos públicos y con experiencia real en gestión de crisis, logística, planeación y mando. Y desde lo personal, una renuncia injustificable a la hermandad que nos salvó la vida más de una vez durante el servicio.
Hoy, cuando tantos veteranos y reservistas aspiran a cargos públicos, la pregunta no debería ser quién manda o quién tiene más estrellas, sino cómo construimos una plataforma común de principios: defensa de la institucionalidad, respeto por la Fuerza Pública, seguridad democrática, lucha frontal contra la corrupción, protección del sector productivo y un Estado que recupere la autoridad sin complejos. Eso no se logra con veinte microproyectos personales, sino con unidad, generosidad y visión de largo plazo.
No se trata de borrar los grados ni de desconocer trayectorias. Se trata de entender que en la reserva seguimos siendo una familia, pero en un escenario distinto. Que el respeto permanece, pero la competencia política exige preparación, propuestas y resultados. Que la asignación de retiro no hace a nadie más patriota ni más apto para gobernar. Y que la verdadera mística no está en aferrarse al pasado, sino en poner lo que somos y lo que sabemos al servicio del país.
Esta es una invitación —abierta al debate, a la autocrítica y a la revisión— a dejar de mirarnos como rivales y volver a reconocernos como compañeros de causa. A superar egos, resentimientos y protagonismos estériles. A entender que unidos somos una fuerza política real y que divididos apenas somos una anécdota. Porque el uniforme se cuelga, sí, pero la esencia del militar y del policía no debería perderse jamás. Y porque Colombia, hoy más que nunca, necesita a sus veteranos no dispersos, sino organizados, coherentes y unidos.



