Inverosímil lo que ocurre en la desdibujada derecha política colombiana. Nadie sabe para dónde va. Le apuestan a la autoamputación. Se supone que la representación de esa fracción “ideológica” es el Centro Democrático, a quien vemos hoy más desorientado y perdido que el hijo de Lindbergh, con el agravante de repartir golpes a diestra y siniestra a sus más fieles alfiles. Vemos a una Paloma Valencia, tanto como al mismo Lindbergh. De propuestas ausentes y de un discurso insípido y aterrador.
Que sigan en su aburrida y perdedora fiesta, que no va para ningún lado. No marca la Paloma ni en su nido, con los típicos materiales de que está hecho. ¡Qué desastre!
Terminó embarcada en una consulta donde los votos que aportan sus integrantes son tan numerosos como los de una JAL —con todo respeto a las JAL—. En eso va el otrora glorioso Centro Democrático, donde el presidente Álvaro Uribe no le da espacio ni a sus hijos, que es para que tuvieran las riendas de ese despelote, si tanto en familia quería quedar el asunto. No afloja ni el micrófono.
Preparémonos para dos décadas de la izquierda, en manos de Iván Cepeda y Roy Barreras (que no se sabe a quién representa). Todo por culpa de unos egos enfermizos de la derecha, quienes no se prepararon para entender la importancia del poderío.
El candidato de la derecha lo tienen. He sido obsesivamente insistente en el ex vicepresidente Francisco Santos Calderón y nadie escucha. Le votan derecha y centro. Aparten las demás calidades. Sin embargo, se empecinan en títeres perdedores, porque están como el niño malo de la fiesta: si la torta no es para él, prefiere desbaratarla.
Las elecciones de Congreso van a establecer el banderazo de las de Presidencia, pero realmente creo que los congresistas, después del dineral que se gastan en sus “campañas”, esperarán con menor esfuerzo lo que se vaya decantando y buscarán su conveniente acomodo.
Con todo esto encima, la derecha se enreda en el espejismo de que van a ganar a punta de ¡Viva Uribe!, y que el centro —que, insisto, será determinante, pero no por sus figurines de candidatos sino por los votantes—, más libres que lo que representa la Estatua de la Libertad, no le votarán jamás a quienes hoy ostentan la desgarrada bandera de la derecha.
En estas elecciones presidenciales la derecha ha quedado encuera, ni siquiera desnuda. No les importa el país, sino su protagonismo individual y hasta cuál es el negocio socio.
Si sale sorpresivamente Francisco Santos a la palestra, se cambia el rumbo: desde el factor sorpresa hasta el enrutamiento de la votación, porque por su perfil y trayectoria traería votos de todos los sectores, sin mayor resistencia y con reconocimiento a lo largo y ancho del país. Pero todo apunta a que desbaratarán la torta.



