El país observa con preocupación cómo amplias regiones del territorio nacional se hunden bajo el peso de una crisis que no solo es climática, sino también humana. En departamentos como Córdoba, el agua no se limita a inundar calles y viviendas: arrasa con el trabajo honesto, destruye el sustento de miles de familias y sepulta la esperanza de comunidades enteras que hoy sobreviven en medio de la emergencia.
Mientras esto ocurre, el presidente de la República —oriundo, según su propia historia política, de esta región de la Costa Caribe— parece concentrar su atención en escenarios internacionales, lejos de la tragedia que golpea a sus propios coterráneos.
Los hechos son contundentes. La ola invernal que azota al Caribe colombiano ha dejado bajo el agua vastas zonas del departamento de Córdoba. El desbordamiento de ríos como el Sinú, el San Jorge y el Canalete ha sumergido barrios completos, vías estratégicas, fincas productivas y poblaciones enteras. Más de 13.000 familias resultan damnificadas; miles de hectáreas de cultivos se han perdido; se registran desplazamientos forzados y daños graves en infraestructura vital como carreteras, instituciones educativas y centros de salud.
En las zonas rurales, la tragedia adquiere un rostro aún más dramático. Ganaderos y pequeños productores de subsistencia han visto desaparecer, en cuestión de días, su principal fuente de sustento. El impacto del fenómeno climático ha afectado a más de 263.000 animales, además de destruir cultivos de pancoger, cercas y viviendas campesinas. Las pérdidas no solo se miden en cifras: se traducen en hambre, desempleo y una creciente desesperanza.
Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿Dónde está la presencia presidencial? En las últimas semanas, la agenda del presidente Gustavo Petro ha estado marcada por asuntos de política exterior: anuncios de posibles visitas diplomáticas al Reino Unido para abordar la crisis climática global, pronunciamientos sobre conflictos internacionales y encuentros protocolares que, aunque legítimos en otro contexto, contrastan de manera abrupta con la urgencia humanitaria que vive Córdoba.
No se trata de descalificar la política exterior ni de negar su importancia. Todo jefe de Estado debe representar a su país en el escenario internacional. Sin embargo, cuando la patria enfrenta una emergencia de esta magnitud, cuando miles de ciudadanos abandonan sus hogares por falta de tierra firme, alimentos, abrigo y seguridad, la prioridad debería ser clara: estar presente en casa.
La respuesta gubernamental se ha canalizado, de manera oficial, a través de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), una entidad ya golpeada por escándalos de corrupción y cuestionamientos a su capacidad operativa. Se han anunciado entregas de ayudas humanitarias, labores de rescate y planes de atención. No obstante, desde los municipios afectados la percepción es otra: las ayudas llegan tarde, son insuficientes y no alcanzan a cubrir la magnitud del desastre.
Lo que reclaman las comunidades no es solo asistencia material, sino liderazgo. Una presencia visible, solidaria y directa del presidente de la República, más allá de delegaciones y comunicados oficiales. La tragedia que vive Córdoba exige dirección política en el territorio, no únicamente gestión burocrática a distancia.
Mientras tanto, miles de familias —en barrios inundados de Montería, en veredas incomunicadas, con cultivos y animales perdidos— observan cómo la atención del Gobierno central parece volcada hacia crisis en regiones tan distantes como Gaza o Irán, o hacia la salud de mandatarios extranjeros, antes que a la calamidad que se desarrolla en suelo colombiano. Esta desproporción entre prioridades internacionales y tragedias domésticas convierte al Estado, en la práctica, en un espectador lejano del sufrimiento de su gente.
Para un campesino cordobés que ve su finca bajo el agua, o para una madre que no sabe cómo alimentar a sus hijos, la patria no es un concepto abstracto. Es la garantía de protección, la respuesta oportuna del Estado y la certeza de no haber sido olvidados en el momento más difícil.
No se reclaman gestos simbólicos ni discursos grandilocuentes. Se exigen acciones concretas, decisiones eficaces y presencia real del Gobierno Nacional donde las aguas están arrasando con vidas, sueños y futuro. Porque un presidente que mira más allá mientras sus coterráneos se hunden en la desgracia termina siendo, en el sentido más práctico y doloroso, un cordobés apátrida.




