En Sincelejo, la música sonaba festiva y los aplausos caían como una lluvia ligera sobre las candidatas al reinado popular del 20 de enero. Era el desfile en traje de baño. El sol incendiaba las piscinas del viejo Club Campestre de Sincelejo —hoy convertido en centro comercial—, y la farándula local reía, despreocupada, ajena al desgarramiento que, a esa misma hora, comenzaba a abrirse como una herida en las entrañas de los Montes de María.
Cubría el evento para Noticias RCN Televisión junto a mi compañero Jaime Vides cuando recibió una llamada que le borró el color del rostro. Sus ojos cambiaron antes que sus palabras.
—Vámonos. Hubo una masacre en Chengue. Dicen que hay más de veinte muertos.
En segundos, la noticia se propagó como pólvora en rastrojo seco. Los micrófonos se apagaron. Las cámaras se empacaron. La belleza quedó suspendida en el aire, inútil, diminuta. El horror nos reclamaba. Subimos a la primera camioneta que aceptó llevarnos hacia Ovejas y, desde allí, al corregimiento de Chengue. A medida que avanzábamos, la selva espesa parecía contener la respiración. De pronto, el cielo rugió: un helicóptero Black Hawk disparaba ráfagas contra las colinas. Todos nos lanzamos al suelo, buscando refugio tras las llantas de los vehículos detenidos por los infantes de Marina. Nos gritaban que no podíamos pasar, que había enfrentamientos, que nuestras vidas pendían de un hilo. Nadie retrocedía. Porque cuando la muerte llama, el periodismo no tiene el privilegio de esconderse.
Con la cámara al hombro grabé el estruendo, los soldados corriendo, el desconcierto. A unos quinientos metros del epicentro de la tragedia, un lamento atravesó el aire como un cuchillo. Seguí ese sonido hasta una casa de palma y bahareque.
Adentro, una madre se deshacía sobre dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas. Eran sus hijos. Estudiantes recién llegados de la universidad en Barranquilla. Habían regresado a pasar vacaciones. Solo unos días. Solo unos días… y la vida les fue arrancada sin juicio, sin defensa, sin despedida. Su apellido lo recuerdo con una claridad cruel: Meriño. Ese nombre quedó incrustado en mi memoria como una astilla que el tiempo no logra extraer.
Las autoridades nos impidieron el ingreso al pueblo. A las seis de la tarde regresamos con el material que habíamos logrado rescatar del caos. Lo enviamos a Bogotá a través del viejo sistema de microondas de Telecom.
La noche cayó sobre el departamento de Sucre con el peso insoportable de veintisiete cadáveres que fueron trasladados en volquetas desde Chengue hasta Ovejas, como si fueran escombros y no vidas humanas truncadas.
Pero el periodismo no duerme. A las cuatro de la madrugada siguiente regresamos. En el camino vi una escena que aún me persigue: familias enteras caminando con gallinas bajo el brazo, sillas al hombro, maletas improvisadas, niños pegados al pecho. Era un éxodo de pies descalzos y miradas vacías.
- —¿Hacia dónde van?
- La respuesta fue un golpe seco:
- —A buscar vida, porque en Chengue ya no hay.
Al entrar al pueblo no encontramos personas, sino su ausencia. Perros ladrando a la nada. Gatos merodeando puertas abiertas. Aves inquietas sobre techos vacíos. Las casas estaban manchadas con sangre seca, como si la violencia hubiera decidido firmar su obra. En una piedra grande, oscura, la sangre aún resbalaba lentamente. La llamaban “el computador”.
Según los sobrevivientes, los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia llegaron alrededor de la una de la madrugada. No dispararon al principio. No gritaron. Tocaron las puertas una por una y obligaron a los hombres a salir de sus camas.
Los condujeron hasta la plaza. Allí, con un pesado martillo de esos de romper concreto, comenzaron a golpearlos en la cabeza. El comandante, acompañado por una mujer, repetía con una frialdad que helaba la sangre: —Llévalo al computador, a ver si aparece su nombre y sobre esa piedra, convertida en tribunal macabro, decidían quién moría. Sin defensa. Sin prueba. Sin Dios.
Grabé testimonios rotos, silencios más elocuentes que cualquier palabra, paredes salpicadas de horror. Días después, Claudia Gurisatti dedicó un programa entero en La Noche a nuestro reportaje. Hubo reconocimiento. Hubo felicitaciones, pero yo no podía celebrar.
Esa noche, frente al televisor, cuando la transmisión terminó y el país cambió de canal, me derrumbé. El dolor que había contenido detrás del lente me aplastó sin piedad. Lloré por los padres que ya no tenían hijos. Lloré por la madre de los Meriño. Lloré por la impotencia.
Hoy, veinticinco años después, la vida intenta abrirse paso nuevamente en Chengue. Algunos han regresado. Han levantado paredes, techos, sueños. Pero la historia quedó fracturada. Hay un antes y un después, porque el 17 de enero de 2001 la muerte no solo entró por la puerta de cada casa: se sentó a la mesa, se acostó en las camas y dejó una marca que ni el tiempo ni el olvido han podido borrar.
Esta crónica busca memoria, verdad, busca arrancar del silencio los nombres que intentaron sepultar. Que nunca más se repita Chengue. Que ninguna piedra vuelva a decidir quién vive y quién muere. Contar esta historia también es una forma de justicia y, quizá, la única redención posible para quienes sobrevivimos para narrarla.




