Las elecciones de este domingo 8 de marzo son las más importantes en muchas décadas en Colombia. Por un lado, porque el Congreso que se elija será vital para el futuro. Por el otro, porque las consultas que también se votan son el primer tiempo de la partida presidencial.
El Congreso tendrá cuatro funciones. La primera, ejercer la fundamental tarea de control político, indispensable en cualquier democracia y más aún en esta, que sufre un presidencialismo hipertrofiado. La segunda, hacer las leyes que permitan arreglar los daños monumentales que ha hecho Petro y desarrollar la agenda legislativa del nuevo gobierno. La tercera, darle voz en el Congreso a las regiones, en un país muy diverso y en el que poco tienen en común un llanero con un chocoano o un guajiro con un pastuso; un país que padece de un centralismo excesivo y que tiene enormes dificultades para ver más allá de la fría capital.
La cuarta es interceder por los departamentos frente al Ejecutivo, cabildear por ellos ante ministerios y entidades del gobierno central. Es una competencia con mala fama, quizá porque detrás de ella se han amparado muchos actos de corrupción, pero resulta fundamental. Los congresistas deben gestionar ante el gobierno las vías y la infraestructura, las escuelas, los hospitales y el pie de fuerza policial que necesitan sus departamentos. Tal cosa no solo es posible: es una obligación. Para eso son elegidos.
Este pcongreso además, tendrá que encargarse de hundir el proyecto de constituyente que impulsa Petro; de reformar la Constitución para cambiar el sistema de investigación y juzgamiento del presidente de la República (la mayoría de la Comisión de Acusaciones ha sido cómplice de los delitos de Petro); de crear un marco legal que impida que los gobiernos hagan lo que se les dé la gana con el pretexto de “la paz”; de hacer un par de reformas que rescaten el sistema de salud, que protejan los ahorros de quienes están en los fondos de pensiones y que faciliten una vejez digna a quienes, estando en edad de pensionarse, no tienen pensión ni subsidio —cerca del 80% de nuestros mayores—; y que mejoren la vida de las madres cabeza de familia, algo más del 50% de los hogares en el país. También deberá darle seguridad jurídica a nuestros uniformados y proveerles el presupuesto que necesitan para combatir a violentos y criminales.
No es poca cosa. Para que el próximo Congreso pueda cumplir sus obligaciones es indispensable una votación masiva en Senado y Cámara por los partidos de oposición y, en particular, por el Centro Democrático, el único que desde el inicio ha hecho la tarea de resistir a la extrema izquierda, con razones y argumentos, sin ambigüedades ni esguinces. Quienes se inclinan por liberales, conservadores o por el Partido de la U deberían revisar que los congresistas a los que quieren apoyar no hayan sido de los que votaron por los proyectos petristas y hoy se presentan como mansos corderos, libres de toda culpa.
Los uribistas deberían premiar a sus congresistas, valientes y juiciosos, que vieron asesinar —con la diana que marcó Petro en su pecho— a uno de sus compañeros y líderes, Miguel Uribe, hace apenas unos meses. Y deberían evitar el riesgo de perder su voto sufragando por movimientos que, a estas alturas, no se sabe si superarán el umbral y que están dedicados, vaya ironía, no a confrontar a Petro y a su heredero, sino a atacar al partido de Álvaro Uribe y a su candidata; partido del cual, por cierto, hasta hace poco muchos hicieron parte. El país no está para desperdiciar un solo voto.
Y a propósito de Paloma Valencia, la única candidata de Uribe, no hay duda de que será la ganadora de la Gran Consulta. Seria, preparada, estudiosa, trabajadora incansable, conocedora del país y de los problemas nacionales, con juiciosas propuestas de solución, ha hecho una tarea incomparable de control político. Ha conseguido frenar en el Congreso y en los tribunales muchas de las dañinas iniciativas de la izquierda y tiene más carácter y valor que la inmensa mayoría de los varones. Ella sí ha sido coherente siempre: nunca ha sido amiga de bandidos ni ha apoyado sus iniciativas e intereses; no corre el riesgo de que le estalle algún escándalo, porque no tiene rabo de paja.
Las propuestas de no votar en la Gran Consulta son mezquinas. Son torpes, porque una votación masiva fortalece cualquier alianza futura. Solo responden al miedo de que la candidatura de Paloma alce vuelo y son antipatrióticas porque favorecen a Petro y a su heredero. La única que gana con una consulta débil es la izquierda extrema que pretende reelegirse.



