En medio del estruendo incesante de la política, de las tensiones sociales que fragmentan y de la incertidumbre que parece instalarse en cada rincón de nuestra patria, aún existe un refugio silencioso, pero profundamente poderoso: la oración.
Hoy, en esta columna dominical, no escribo desde la confrontación ni desde la crítica, sino desde la fe serena de un creyente que, de rodillas, clama por su nación.
Colombia atraviesa tiempos complejos. La violencia persiste bajo nuevas formas, la desconfianza se expande y muchas familias viven con temor frente al mañana. Sin embargo, incluso en medio de este panorama incierto, quienes creemos en Dios entendemos que ninguna tormenta es eterna y que, aun en la noche más oscura, Su luz nunca se apaga.
La llegada de la Semana Santa nos invita precisamente a eso: a hacer una pausa, a mirar hacia adentro y a reencontrarnos con lo esencial. No es solo una tradición ni un descanso en el calendario; es un llamado profundo a la conversión, a la esperanza y a la reconciliación. Es el momento de preguntarnos, como sociedad, qué estamos haciendo y qué estamos dispuestos a transformar.
La Escritura nos recuerda: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es el Señor” (Salmo 33:12). No es una frase simbólica; es una verdad que atraviesa la historia: cuando un pueblo se aleja de sus valores espirituales, pierde el rumbo. Pero cuando vuelve a ellos, encuentra dirección, justicia y paz.
Hoy más que nunca, Colombia necesita regresar a esos principios. Necesita familias unidas, padres presentes, jóvenes con propósito y niños protegidos. Porque una nación no se construye únicamente desde las instituciones, sino desde el corazón de sus hogares. Y es allí donde comienza toda transformación verdadera.
También se nos recuerda: “Si mi pueblo se humilla, ora, me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé… y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14). Esta promesa sigue vigente. No importa cuán profundo parezca el abismo: siempre existe la posibilidad de restauración.
Como creyentes, no podemos ceder ante la desesperanza ni dejarnos arrastrar por el odio. Nuestro llamado es distinto: ser luz en medio de la oscuridad, sembrar paz donde hay división y levantar oración donde otros levantan juicios.
Oremos por Colombia. Por sus gobernantes —incluso por aquellos con quienes no coincidimos—, por las fuerzas del orden, por los campesinos, por los empresarios y por los líderes sociales. Oremos por los niños que crecen en medio de la incertidumbre, para que no pierdan la inocencia ni la esperanza.
Pidamos a Dios que sane nuestra tierra, que calme los corazones heridos, que detenga la violencia y que otorgue sabiduría a quienes toman decisiones. Que Colombia deje de ser escenario de confrontación permanente y se convierta en territorio fértil para la justicia, la verdad y la reconciliación.
La Semana Mayor es, ante todo, memoria de sacrificio, pero también proclamación de victoria: la vida venciendo a la muerte, la esperanza superando al miedo. Y es precisamente esa esperanza la que hoy nos sostiene como nación.
No todo está perdido. Mientras haya alguien orando, una familia resistiendo unida o un corazón dispuesto a perdonar, Colombia seguirá teniendo futuro.
Hoy elevamos una oración sencilla, pero firme: Señor, no abandones a nuestra patria. Guíanos, corrígenos, fortalécenos y enséñanos a caminar en tus caminos. Haz tu obra en esta tierra que tanto amamos. Porque, al final, la esperanza no nace de nuestras fuerzas, sino de Su amor.



