En Colombia hay políticos que se dedican a construir país. Y hay otros que han decidido construir su carrera sobre la confrontación. Iván Cepeda hace tiempo dejó claro en cuál de esos caminos quiere estar.
Su proyecto político no es complejo ni difícil de descifrar: gira, casi de manera exclusiva, alrededor de un objetivo central —cuestionar a Álvaro Uribe Vélez. Su discurso es reiterativo. Su narrativa es predecible. Su eje político, invariable.
No es casualidad. Es estrategia. Cepeda entendió que existe un segmento del electorado que no se moviliza desde la propuesta sino desde la emoción —especialmente la indignación—. Y sobre esa base ha construido un discurso que insiste en temas como el paramilitarismo, los procesos judiciales y las acusaciones reiteradas, muchas veces sin matices ni contexto, con un objetivo claro: consolidar una audiencia política a partir de la confrontación.
Ahí radica el núcleo de su capital político. El problema surge cuando se intenta ir más allá del discurso. ¿Dónde están sus propuestas estructurales? ¿Cuál es su visión sobre crecimiento económico, seguridad, empleo o educación? La respuesta, para muchos, resulta insuficiente. Su visibilidad política parece depender más de la crítica constante que de una agenda propia claramente definida.
Esta lógica no es nueva. Responde a una estrategia política ampliamente utilizada: focalizar la atención en un adversario, convertirlo en símbolo de los problemas estructurales y, a partir de ahí, construir una narrativa de oposición. Más que un debate de ideas, se configura como un ejercicio de desgaste político.
Sin embargo, esta dinámica tiene costos. Empobrece la discusión pública, reduce la política a una lógica binaria y desplaza el foco desde las soluciones hacia la confrontación permanente. Mientras tanto, Álvaro Uribe Vélez sigue siendo un punto de referencia inevitable en el escenario político colombiano. Su peso es tal que incluso quienes construyen su discurso en oposición a él terminan dependiendo de su figura para sostener relevancia.
Ahí aparece una paradoja difícil de ignorar: la vigencia política de Cepeda, en buena medida, se alimenta de la figura que cuestiona. Colombia, sin embargo, enfrenta desafíos que requieren algo más que antagonismos. La ciudadanía demanda propuestas, resultados y liderazgo efectivo. En ese escenario, figuras como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella han comenzado a posicionarse desde una narrativa centrada en alternativas y soluciones. Porque gobernar no consiste en prolongar disputas del pasado, sino en responder a las necesidades del presente con claridad y dirección y en política, al final, no basta con señalar. Es necesario proponer.



