En Santa Cruz de Mompox, la Semana Santa no es un evento que se mira desde afuera: se vive. Se siente en el aire pesado de la madrugada, en el sonido de las puertas que se abren temprano, en la gente que camina en silencio por calles que aún no terminan de despertar.
Apenas clareaba el día cuando comenzaron a llegar los primeros fieles a la Iglesia San Juan de Dios. Algunos con velas en la mano, otros en silencio, otros rezando en voz baja. No había prisa, pero sí una especie de urgencia tranquila: la de no perderse el momento. Cuando las puertas del templo se abrieron, no hubo aplausos ni ruido. Solo un murmullo contenido. Adentro, la imagen de Jesús Cautivo esperaba. Afuera, el pueblo.
La salida de la imagen no fue un acto espectacular, fue íntimo. Lento. Medido. Como corresponde a una tradición que no necesita imponerse porque ya está profundamente arraigada. Jesús, atado y sereno, avanzó entre miradas fijas y rostros que reflejaban respeto, fe y también cansancio, como si cada quien cargara sus propias cargas.
Fueron policías y militares quienes asumieron el peso físico de la imagen. Se acomodaron con cuidado, ajustaron el paso, se miraron entre ellos para coordinarse. No había rigidez protocolaria: había concentración. Cada movimiento debía ser preciso. En ese instante, el uniforme pasaba a un segundo plano.
El recorrido avanzó despacio, casi al ritmo de la respiración colectiva. Desde el templo hasta el Cementerio, las calles se fueron llenando poco a poco. Gente en las esquinas, en las puertas, en los balcones. Algunos grababan con el celular; otros simplemente observaban. Muchos rezaban.
Se escuchaban pasos, el roce de la madera, alguna instrucción en voz baja, el eco lejano de una oración. No era silencio absoluto, pero sí un silencio respetado. El calor comenzaba a sentirse, incluso a esa hora. Las velas encendidas, el humo, el aire denso. Mompox iba despertando mientras la procesión avanzaba, como si la ciudad se organizara alrededor de ese momento.
En los balcones, telas blancas, imágenes religiosas, flores. En la calle, niños de la mano de sus padres, adultos mayores apoyados en sillas, rostros atentos. No todos viven la fe de la misma manera, pero todos entienden lo que significa.
La presencia de la Fuerza Pública era visible, pero no invasiva. Acompañaban, abrían paso, observaban. También hacían parte del momento. No solo garantizaban seguridad: estaban dentro de la escena. “Para nosotros es un honor acompañar estas expresiones de fe”, señaló el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, en medio del recorrido.
Cuando la procesión llegó al Cementerio, el ambiente cambió. Más recogimiento. Más silencio. Como si el trayecto hubiera preparado a todos para ese punto final. Jesús Cautivo no solo recorrió las calles. Recorrió la memoria de un pueblo que, año tras año, repite el gesto, no por costumbre vacía, sino porque allí encuentra sentido y quienes lo llevaron sobre sus hombros lo sabían: no era solo peso. Era responsabilidad. Era tradición. Era, por unas horas, cargar con algo que va más allá de la madera y la imagen: la fe de toda una comunidad.



