“Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada, porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada, porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada, porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada, porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí… y no quedó nadie para hablar por mí”.
Esta reflexión, nacida en la posguerra europea como una crítica feroz a la indiferencia ciudadana frente al horror del nazismo, hoy retumba con una vigencia inquietante en la realidad de Cartagena.
Porque algo similar está ocurriendo.
Y lo estamos permitiendo.
La inseguridad en Cartagena ha dejado de ser una preocupación para convertirse en una crisis abierta, desbordada y cada vez más normalizada. Desde 2026, con la llegada a la Alcaldía de Dumek Turbay Paz, la percepción ciudadana no solo no ha mejorado: se ha deteriorado peligrosamente.
- Aquí puede leer: El crimen sigue imponiendo sus reglas en Cartagena
El pasado 27 de marzo, la tragedia volvió a tocar una puerta cualquiera. Damaris Marrugo Cabarcas, una mujer de 51 años, fue alcanzada por una bala perdida mientras descansaba en la terraza de su casa ubicada en el barrio La María, junto a su hijo. No era un objetivo. No estaba involucrada. Simplemente estaba en el lugar equivocado, en una ciudad donde la violencia ya no distingue.
Dos sicarios en motocicleta, disparando en plena vía pública, terminaron con su vida. Y con ella, se suma otra víctima a una cadena de hechos que ya no sorprenden… porque se han vuelto rutina.
Las cifras son el reflejo crudo de esta realidad:
-
- En enero de 2026: 26 homicidios, de los cuales 15 fueron sicariatos.
- En febrero: 20 homicidios, 14 bajo la misma modalidad.
- En marzo: 21 homicidios, 11 por sicariato
La tendencia es evidente: el sicariato, el microtráfico, las riñas y la intolerancia social siguen marcando el pulso de la ciudad.
Cartagena hoy no solo enfrenta criminalidad: enfrenta una sensación generalizada de abandono. Los delitos más frecuentes —hurtos, extorsiones, microtráfico— han tejido una red de miedo cotidiano que golpea barrios, familias y comercio. La violencia intrafamiliar, silenciosa pero constante, también alimenta esta espiral. Pero lo más grave no es solo lo que ocurre. Es lo que no ocurre.
No hay control efectivo sobre el porte ilegal de armas.
No hay una respuesta contundente frente al sicariato.
No hay una estrategia visible que le devuelva a la ciudadanía la confianza en sus autoridades y frente a ese vacío, la indignación crece.
Resulta imposible no cuestionar la gestión del alcalde Dumek Turbay. Más allá de discursos y obras de infraestructura, la seguridad —la base mínima de cualquier sociedad— no puede seguir relegada a un segundo plano. Una ciudad no se sostiene solo con cemento; se sostiene con orden, autoridad y garantías para la vida. Hoy Cartagena clama por control, por decisiones y clama por un verdadero liderazgo.
No basta con diagnósticos ni con excusas. La ciudadanía exige acción, resultados y exige presencia real del Estado en las calles donde hoy gobierna el miedo y también exige algo más: dejar la indiferencia.
Porque si Cartagena sigue normalizando la violencia, si cada muerte se convierte en una estadística más, si cada bala perdida se diluye en el olvido… entonces estamos repitiendo, paso a paso, la tragedia de la que advertían aquellas palabras de la posguerra. Que no sea demasiado tarde, que no tengamos que esperar a que la violencia toque nuestra propia puerta para reaccionar. Cartagena no puede seguir callando, tiene que despertar.



