Esta columna va dirigida —sin rodeos— a una generación que ha hecho de la indignación un estilo de vida: a los llamados “ninis”, a los “pupys”, a quienes creen que el solo hecho de nacer les garantiza derechos sin deberes, y especialmente a quienes ven en ciertos proyectos progresistas una causa romántica sin detenerse a examinar sus implicaciones reales.
En la Colombia actual se repite una escena cada vez más común en ciertos círculos urbanos: jóvenes criados entre privilegios, formados en colegios de élite, graduados de universidades privadas y habituados a una vida de comodidades, levantando con fervor discursos que condenan precisamente el sistema que hizo posible su bienestar.
Cuestionar el orden establecido no solo es válido, sino necesario en cualquier democracia. El problema no es la crítica; el problema es la incoherencia. Porque hay una diferencia profunda entre pensar distinto y hacerlo sin memoria, sin contexto y sin la más mínima revisión de la propia historia.
Resulta, por decir lo menos, irónico ver a herederos de patrimonios consolidados hablar del “fracaso del mérito”, como si lo que hoy disfrutan hubiese aparecido por generación espontánea. Detrás de esos privilegios hay historias —muchas veces invisibles para ellos— de esfuerzo sostenido, disciplina, riesgo y trabajo. Padres, abuelos o bisabuelos que construyeron desde abajo lo que hoy otros administran desde la comodidad.
Ahí es donde la memoria debería incomodar. Porque el privilegio sin conciencia histórica suele degenerar en superioridad moral. Es fácil romantizar la igualdad absoluta cuando nunca se ha experimentado la escasez. Es sencillo descalificar el esfuerzo individual cuando se heredó como si fuera parte del paisaje.
La contradicción se vuelve evidente cuando esos mismos herederos abrazan discursos estatistas con la convicción de quien nunca ha tenido que empezar desde cero. Se habla de justicia social desde apartamentos heredados, de redistribución desde empresas familiares, de lucha popular desde la tranquilidad de un apellido consolidado. Y sí, la escena tiene algo más que ironía: tiene comodidad disfrazada de rebeldía.
Conviene ser claro: esta crítica no apunta a una ideología en particular, sino a una actitud. A esa indignación selectiva que condena el sistema solo cuando conviene al discurso, pero nunca cuando implica renunciar a los beneficios propios. Porque si la convicción es genuina, debería empezar por la coherencia. No se puede cuestionar con vehemencia el modelo que permitió el ascenso familiar y, al mismo tiempo, seguir disfrutando de sus frutos sin el menor conflicto ético.
Además, Colombia no es un experimento teórico ni un aula universitaria. Es un país con cicatrices profundas: violencia, secuestro, desigualdad, conflictos armados y fracturas institucionales. Aquí las ideas no son abstractas; tienen consecuencias reales. Por eso el debate político exige algo más que consignas de moda o posturas estéticas: exige responsabilidad, conocimiento y sentido histórico.
También es cierto que el país ha avanzado, aunque de manera imperfecta. En salud, educación, infraestructura y acceso a servicios, se han dado pasos que hace décadas parecían imposibles. Negar esos avances por simple postura ideológica no es pensamiento crítico; es deshonestidad intelectual.
Al final, la discusión no debería centrarse en si alguien es de izquierda, derecha o centro. El punto crucial es la coherencia. La capacidad de sostener una postura sin convertirla en un acto performativo de superioridad moral.
Porque hay algo profundamente cómodo —y profundamente contradictorio— en declararse revolucionario desde la seguridad de una fortuna heredada.
Y ahí es donde el sarcasmo se vuelve inevitable: algunos quieren incendiar la escalera después de haber llegado al último piso gracias a ella. Critican el sistema, pero no su cuenta bancaria. Desprecian el modelo, pero no el patrimonio que los respalda.
La crítica, entonces, no es contra el deseo de cambio, sino contra la ligereza con la que ciertos privilegiados reniegan del esfuerzo que los hizo posibles. Antes de levantar cualquier bandera, convendría mirar hacia atrás, reconocer el sacrificio familiar y entender que incluso la libertad de disentir es fruto de un sistema que, con todas sus fallas, permitió prosperar.
La verdadera rebeldía no está en repetir discursos cómodos, sino en pensar con rigor, asumir las consecuencias de las ideas y sostener la verdad, incluso cuando incomoda al propio reflejo.



