Arrancamos este año en un estado de incertidumbre, con muchas más preguntas que respuestas sobre como será el futuro de la sociedad en el contexto de esta Pandemia. Claramente vivimos un momento histórico donde las relaciones humanas y el valor de la familia han tomado un papel fundamental en la estabilidad emocional de los individuos.
Hoy voy a contar unas de esas tantas experiencias como médico, las cuales me han hecho entender que además de la vocación y el servicio, están las ganas de sobrevivir y mostrarle al mundo que los galenos tenemos sentimientos y las fibras emocionales cuando tocan a nuestros seres queridos están a flor de piel y nos hacer derramar gotas de amor convertidas en lágrimas de emoción.
El día del cumpleaños de mi madre tenia planeado llegar de sorpresa, darle un abrazo y decirle cuanto la amo, pero no contaba que mis planes cambiarían y este encuentro debía ser pospuesto por la llegada del Covid-19 a nuestro país y mi trabajo como médico de urgencias me obligaba a estar en la primera línea de batalla.
Muchas noches llore en la soledad de mi habitación extrañando su compañía y no pocas veces oculte con cremas las lesiones en mis mejillas para que no se notara detrás de una cámara cuanto sufría mi piel por las largas jornadas con máscaras tallando el rostro; pues sabía que a pesar de ser una mujer de carácter fuerte cualquier muestra de debilidad de mi parte la podía derrumbar a pedazos.
A pesar de no tener un celular de alta gama se las ingenio con una de mis hermanas para enviarme un mensaje de ánimo dándoles un aplauso a todos los médicos del país desde una humilde casa en las entrañas de la Mojana Sucreña. Sus oraciones y el clamor de mi pueblo fueron escuchados cuando a pesar de haberme infectado logre pasar el periodo crítico y seguir luchando con mi grupo en el servicio de urgencias.
Sentí temor de no volver a verla mientras me contaban que a pie recorría algunas veredas de Sucre y a pesar de correr el riesgo de infectarse llevaba ropa, agua y mercados a su gente quienes por las restricciones se quedaron con las manos vacías.
Hoy por fin logre verla, darle ese abrazo aplazado por tantos días, sentir su calor cerca a mi pecho y como un niño indefenso acostarme en su regazo donde tantas noches añore estar protegido por el amor de mi madre.
Las letras de esta columna hoy no mencionan la corrupción, las perdidas sociales o el estado critico de la salud, sino que tome este espacio para rendir un tributo a mi madre y a cada una de esas mujeres que han entregado a sus hijos a una lucha que hoy continúa contra el Covid-19 y que desde la distancia sufren el cansancio y el dolor de médicos, enfermeras, auxiliares y todo el personal de salud.



