Hace pocos días, el filósofo estadounidense Michael Sandel le dio una entrevista a BBC News sobre su nuevo libro «La tiranía de la meritocracia», en el cual hace una crítica a la extendida idea de darle a todo el mundo las mismas oportunidades cómo fórmula para reducir la desigualdad.
Señala como ejemplo que en Estados Unidos, considerado «el país de las oportunidades», los mejor educados siguen siendo miembros de las minorías más ricas y que «la mayoría de las ganancias de la globalización fueron a parar al 20 por ciento más rico y la mitad inferior de los trabajadores no recibió ninguna de esas ganancias».
Sandel, aclara en la entrevista que no está pidiendo abandonar la idea sino dejar de pensar que esa fórmula es suficiente para hacer países menos desiguales y posiblemente tener mejores democracias. Esto, en otras palabras, indica que se debería complementar con políticas de redistribución efectiva e inmediata.
El razonamiento del filósofo me pareció interesante pero también me llevó a pensar que en Colombia tal problema «no existe» -así entre comillas- porque aquí los políticos no entienden que es eso de la meritocracia o no tienen la menor intención de aplicarla.
En las pocas oportunidades en que se ha intentado, todo ha terminado por ser un remedo porque, coincidencialmente, gana un amigo o alguien claramente con el letrero de recomendado. Pasan los años y los gobiernos, y el palanquismo sigue tan campante.
Para la muestra, el presidente Iván Duque -la primera autoridad del país y quien debería dar ejemplo- nos regaló esta semana un botón. Sin rubor alguno, escogió a la hija de Alicia Arango, hasta hace poco una de sus ministras y ahora embajadora y posible nueva vicepresidenta, como miembro de la junta de codirectores del Banco de la República, consagrada por la Constitución como un ente autónomo.
Bibiana Taboada Arango tiene una formación de alta calidad dentro y fuera del país, pero su hoja de vida es relativamente pobre en el área comparada con las de otras candidatas que fueron consideradas. Si bien el Presidente es autónomo para elegir, esta escogencia dejó la sensación de haber preferido poner a alguien amigo en la junta con el fin de hacer un halago a una aliada y asegurar el control de la junta. Cinco de los siete miembros actuales fueron escogidos por él.
La decisión de Duque es una cachetada a los economistas con carreras brillantes, que en el país son muchos. Dirán que ellos también forman una rosca, pero tiene más presentación nombrar a alguien de la amplia rosca de los economistas -que por cierto le ha dado mucha estabilidad al país- y no de la cerrada rosca familiar del uribismo, con la cual el país no tiene obligación alguna. El presidente con ese tiro en el pie le dio un golpe no solo a la idea de la meritocracia sino a la autonomía del banco, algo que él está obligado a proteger.
Pueden decir los amigos del mandatario que todos sus antecesores han hecho lo mismo ahí en el Emisor o en otros puestos, pero lo grave es que Duque llegó con el discurso de cambio generacional para renovar las costumbres políticas del país. ¿Renovar las costumbres y cambio generacional es gobernar con los amigos de la universidad y nombrar a los hijos, nietos y primos de sus aliados políticos? ¿Renovar es tener a la hija y la madre en altas dignidades del Estado al mismo tiempo?
Habría que decirle al primer mandatario, y también a su gran mentor y sus aliados, que el cambio empieza con el ejemplo y que decisiones como la que él acabó de tomar, y como las que ha tomado con otros cargos otorgados a ‘amiguetes’, hablan de un gobierno de los viejos y da alas a las ideas radicales de acabar con los gobiernos de «los oligarcas y las familias privilegiadas» y «de los mismos con las mismas».
El razonamiento no es sólo para Duque sino para todos los políticos, los viejos con resabios y los nuevos con ganas de acumular respaldos. No podemos tener líderes que le endosen sus partidos, sus puestos y sus curules a la parentela, ni que hagan de la política un asunto de dinastías o un negocio familiar. De esa costumbre sólo se puede esperar abusos de poder y corrupción.
También se dio a conocer esta semana un informe de la Unidad de Inteligencia de The Economist sobre las democracias plenas en el mundo. En Latinoamérica, dice, solo hay tres y ninguna es Colombia. Seguimos teniendo una democracia imperfecta que, pese a sus avances, está en el terreno de las proclives a caer en manos de hombres fuertes o populistas por el desencantamiento de la ciudadanía. ¿Cómo no se va a desencantar un colombiano de la calle si ve a un presidente que favorece sin pudor a su rosca?
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