El sufrimiento nos pone en diálogo con nosotros mismos y con Dios. Lo que primero vivimos como dolor, miedo y gemido, se torna para el creyente en oración, comprometiendo así en el sufrimiento al mismo Dios.
El sufrimiento no deja de ser un extraño y un importuno. Sus golpes son siempre a traición, cuando menos te lo esperas, cuando no puedes defenderte de él. Y es que siempre mata algo en nosotros para poner en su lugar otra cosa, algo que desconocemos. El sufrimiento es un camino que nos revela lo que también somos, que nos desprende de nosotros para que otros se nos regalen y para invitarnos a darnos a otros.
El sufrimiento, cuando es verdaderamente extremo, nos reduce al silencio. El que sufre calla, no es capaz de abrir la boca. Mudos, vencidos u olvidados, los que cargan con el peso del desamor o de la enfermedad o del fracaso están como en un abismo insuperable, alejados de los demás por una barrera infranqueable, de aquellos otros que parecen estar siempre felices o satisfechos con su suerte.
El primer paso para soportar el sufrimiento es romper la mudez y el silencio. Del gemido podemos pasar a la queja, que es la primera expresión humana frente al dolor. Quejarnos supone rebelarnos frente al intruso, no reconocerle nuestro. Quejarnos es hacernos conscientes de que podemos hablar, de que el sufrimiento no ha secado del todo la fuente de la conciencia, supone que nos hacemos cargo, al menos por momentos, de que podemos separarnos de su acción destructiva. Con la queja le damos rostro humano al sufrimiento, le asignamos un perfil, le podemos mirar, al fin, a la cara.
Quejarnos ante Dios es ya rezar. Los salmos nos ilustran acerca de esta oración esencial, primera. En el lenguaje de los salmos el que sufre expresa con radicalidad su dolor, muestra la angustia de su corazón, protesta frente a la maldad ajena que nos ha puesto en esta situación desdichada, o se rebela simplemente ante el Dios que le está tratando tan injustamente. Hace oración de su propia situación vital, sin querer maquillar piadosamente el dolor, sin avergonzarse de su condición de sufriente y desesperado. Además quejarse ante Dios es mostrar la pasión por la que sufrimos. Loss salmo nos recuerda lo que somos ante Dios: sus hijos muy queridos, objeto de su amor y destinatarios de su alianza. Somos privilegiados, amados, reconocidos, aunque solamente podamos mostrar nuestra primogenitura en la desnudez de nuestra queja.
Sólo el crucificado nos libera del dolor de creernos solos ante el sufrimiento que nos rodea perpetuamente amenazada. Y podemos mirar desde el sufrimiento del inocente a la realidad y reconocer que, a pesar de la paralización en que el dolor nos sume, descubrimos energías de solidaridad y de compasión que nos dinamizan para salir de nosotros mismos y mirar otra vez hacia el futuro.
Es una misteriosa comunión lo que se da aquí. No hay miseria que no sea fruto del despojo y por eso el sufrimiento del inocente nos pertenece, porque por definición no puede ser suyo, ya que es un inocente despojado y excluido de la tierra de los vivos. Son nuestras rebeliones, nuestros crímenes los que lo traspasan. Sólo cuando nos abrimos al sufrir de los otros, sobre todo de los que padecen sin culpa las consecuencias de la falta de amor y de justicia, que también son nuestras, podemos ver que se abre una perspectiva de luz y de esperanza: esa es la Cruz de Jesús. Bendecida Semana Santa.



