El pasado viernes en la noche una pareja de jóvenes se hallaba por motivos laborales en una cabaña al lado de un río, en una comunidad rural abandonada de la selva pacífica colombiana, cuando una feroz riada arrasó con la cabaña y con sus ocupantes. Un guía turístico reportó la calamidad por redes sociales y las familias de la joven pareja se desplazaron de inmediato hasta el lugar para iniciar su búsqueda, con la esperanza de encontrarlos aún con vida.
Ante la ausencia de autoridades y organismos de socorro, con sus propios recursos contrataron lanchas, lancheros y baquianos conocedores de la zona y empezaron la búsqueda desde la mañana del sábado. Los demás familiares se dedicaron a buscar ayuda de las autoridades, organismos de socorro y particulares.
Los medios de comunicación reportaron que dos turistas habían sido arrastrados por la corriente, suscitando tácita e intencionalmente entre los lectores una reacción de culpabilización y sin mencionar que también una residente del lugar había sufrido la misma suerte. El encargado de gestión de riesgos del municipio aseguró desde la mañana del sábado que la alcaldía y los organismos de socorro estaban al frente de la situación y que ya se encontraban realizando la búsqueda.
La verdad era otra. Los organismos de socorro llegaron al lugar el sábado en la tarde, se tomaron muchas fotos, se fueron y no regresaron, abandonando a las familias con la descomunal tarea de buscar a sus seres amados en medio de la selva pacífica. Luego publicaron las fotos presumiendo de su espurio heroísmo. Las autoridades que fueron contactadas prometieron ayudas que nunca llegaron. Con un par de excepciones, toda la búsqueda la realizaron las familias de la pareja, con sus propios recursos y con la ayuda de algunos lugareños y otros particulares que se solidarizaron con la horrible situación.
El domingo en la mañana fue hallado el cuerpo sin vida del joven y el lunes el de su compañera, en ambas ocasiones por sus familiares. Luego fue hallado también el cuerpo de la residente del empobrecido lugar, que escasamente fue mencionada en los medios de comunicación. Ante el abandono de las autoridades y organismos de socorro, fue el padre de la joven quien tuvo a cargo la espeluznante tarea de encontrar el cuerpo sin vida de su amada hija.
Cada vez apareció el encargado de gestión de riesgos del municipio en los medios de comunicación asegurando que, gracias a su gestión, la alcaldía y los organismos de socorro habían hallado los cuerpos, cuando ni siquiera los estaban buscando.
Cuánta humanidad se necesita perder, cuán miserable y macabro se necesita ser, para ante semejante tragedia abandonar a los familiares en la angustiosa búsqueda de sus seres amados en la exuberancia de la selva pacífica, para presumir de un falso heroísmo y para utilizar a los medios de comunicación para engañar a la población acerca de la ineficacia, o más bien, ausencia de su gestión.
Si una atrocidad de tales dimensiones ocurriera en Alemania, con toda seguridad el alcalde y los responsables de semejante horror serían destituidos de inmediato y enfrentarían serios procesos civiles y penales por su irresponsabilidad y su dolo. Pero en Colombia, donde los medios de comunicación se dedican a asustar a la población con la devaluación del Bolívar en Venezuela en lugar de al menos incitar la reflexión acerca de la devaluación de la Vida y la Honestidad en Colombia, no pasará de un par de comentarios de indignación en las redes sociales.
Hoy escribo desde el infinito dolor de haber perdido a mi amado sobrino y a su compañera. Pero también desde la inconmensurable pena y rabia, e incluso vergüenza, de ver el escaso y decreciente valor que en Colombia se da la Vida y a la Honestidad, que quienes representan a las autoridades han llegado a un punto insuperable de deshumanización y que para muchos de ellos es más importante quedar bien que hacer bien las cosas.
Debo advertir también que, aunque me encuentro a miles de kilómetros de Colombia y no presencié los hechos, mis fuentes de información son las personas que vivieron directamente y fueron víctimas de esta escalofriante historia.
Adiós mi amado sobrino. ¡Hay día!



