Varios medios de importancia nacional destacaron este viernes que el presidente Iván Duque había sido escogido como uno de los «líderes que están moviendo al mundo» por la revista francesa L’Essentiel, especializada en geopolítica internacional.
En la portada aparece la cara del mandatario colombiano un poco arriba de los ‘duros’ de siempre, los actuales gobernantes de las grandes potencias, y mucho más destacada que la del otro latinoamericano distinguible en el grupo, el presidente Jair Bolsonaro de Brasil, quien, por lo que cuentan las noticias de la emergencia del Covid allí, está ciertamente moviendo a su país y al resto del mundo, pero en su contra.
El resto del mosaico deja ver al ‘premier’ canadiense, al británico, al de la India, al israelí, al presidente turco, y unas caras árabes, asiáticas y del África francófona poco conocidas por aquí.
Una corta búsqueda en el sitio de la publicación, creada en el 2004, revela que esta tiene detrás al grupo Prestige Communication, que -a través de su departamento de comunicaciones- ayuda a dirigentes internacionales -los llama «clientes»- a mejorar su nivel de notoriedad, especialmente en Europa.
Dichos estos detalles, vamos al contenido: Duque, en la «entrevista exclusiva» de cuatro páginas que le hizo el director de la revista, habla entre otras cosas de Venezuela y el éxodo, de las relaciones con China, Estados Unidos, Francia y la OCDE, del crecimiento que tenía el país antes de la pandemia, de la dura crisis que esta generó y, obviamente, de la «resiliencia» de los colombianos.
No suelta nada muy novedoso, pero si muestra a un líder muy conectado con la realidad del mundo, de su país y del momento. Asegura que “este es un año crucial» y por eso debe haber «una de las inversiones sociales más grandes de la historia, pues es la única forma de contener los impactos negativos de la pandemia y, al mismo tiempo, asegurar un ingreso para quienes lo necesitan». Todo eso es evidente. Nada que objetar.
Sin embargo, esta cara ‘internacional’ positiva de Duque contrasta con lo que percibimos internamente hoy. Esta semana, mientras varias regiones del país volvían a la ola del confinamiento estricto por la inminencia de un nuevo pico de contagios, se seguía haciendo más lento el ritmo de inmunización por la carencia de vacunas. Con razón, la gente se pregunta dónde está la capacidad de gestión internacional del gobierno si estamos rezagados en recepción de dosis y en su aplicación incluso frente a otros países y economías de la región claramente menos fuertes.
Al paso que vamos, la inmunidad de rebaño se la deberemos al virus y no a las inyecciones. Se dice que ya la mitad de Bogotá se infectó. Pareciera que los vacunados se limitaran este año a los mayores de 65 años y a quienes tengan preexistencias complicadas. Olvidemos de los 35 millones de inmunizados con pinchazos. ¿Cuántos muertos más habrá y cuánta resiliencia más se necesitará?
Por otro lado, mientras el gobierno insiste en la urgencia de la reforma tributaria (fiscal, la llaman en Minhacienda), necesaria para entre otras cosas sostener esa inversión social gigante de la que habló Duque en la entrevista, el mismo Ejecutivo da impresionantes bandazos en su definición.
El anuncio del IVA al café y a la sal del lunes duro dos días porque el propio presidente se echó para atrás antes las primeras reacciones en contra, incluidas las Tomás y Jerónimo, los hijos del jefe del Centro Democrático, Álvaro Uribe. Y el mismo ex presidente le asestó otro golpe al proyecto diciendo que no quiere que más gente declare renta y tribute, y que prefiere cargarle un poco más la mano a los más pudientes y ser más severos con el apretón del gasto estatal.
Sin que se conozca el texto completo del proyecto del gobierno, la reforma que se discutirá en el Congreso ya es otra: mucho menos ambiciosa en billones, y quizá ya no en beneficio del país ni del gobierno sino de los intereses coyunturales de un partido con miedo a perder el poder en el 2022.
Al parecer en la Casa de Nariño no tienen idea de cómo manejar un asunto tan delicado, que necesita realismo y consensos, ni siquiera con su propia coalición de gobierno. Eso es una muestra de debilidad y de falta de estrategia política, que pueden ser muy costosas en «un año crucial», como lo dijo el propio Duque, y que son realmente impensables en un líder que «mueve al mundo».
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