Defender los derechos y las libertades individuales de los colombianos ha sido mi principal batalla desde que llegué al Congreso por primera vez en el año 2002. La tarea no ha sido fácil, pero puedo decir que, sin importar la orilla política desde donde lo haga, me ha permitido poner en el debate público los problemas y las necesidades de comunidades que históricamente han sido vulneradas.
Durante estos 20 años en el Congreso, sin importar el costo político, he defendido libertades individuales como la eutanasia y la dosis mínima; y temas como los derechos de la comunidad LGBTI, los derechos ambientales, el respeto por los animales, la protección al libre desarrollo de la personalidad, los derechos de los niños, las víctimas del conflicto armado, las trabajadoras sexuales y la dignidad de los ciudadanos colombianos frente a los abusos sistemáticamente perpetuados por quienes se creen dueños del país.
En muchos de estos temas los avances han sido históricos, mientras que en otros si bien hemos logrado generar la discusión en el país, políticamente ha sido imposible llegar a un cambio real, sin embargo son causas que seguiré defendiendo mientras la ciudadanía me permita representarlos.
Todos los días recibo comentarios de quienes critican mis decisiones políticas. Lo cierto es que buena parte de lo difícil que es sacar adelante los temas que de verdad afectan a las personas es la negativa de los partidos que se niegan a defender estos intereses, por cuenta del rechazo que dichas posiciones generarán en sectores de la opinión pública.
En definitiva, una de las tantas enseñanzas que me han dejado los años que llevo en el Congreso es que uno debe defender sus ideas desde donde mejor lo puede hacer. Y, es en ese sentido que lo que algunos señalan como un “salto sin sentido de una organización política a otra”, para mí siempre ha sido la oportunidad de nuevos –e incluso mejores– apoyos para conseguir esas conquistas constitucionales de antaño.
Esa es una de las razones que me llevaron a unirme al Pacto Histórico, una gran apuesta por dos aspectos que he defendido durante toda mi vida política: un diálogo nacional y un acuerdo entre la diversidad de la sociedad colombiana.
En otras palabras, un verdadero proceso social que propende, entre muchos otros aspectos, por la igualdad y el respeto por los derechos del otro. Y es que sin duda yo, que siempre me he considerado una persona de ideas progresista, encuentro no solo coincidencias con los temas y las propuestas que defiende el Pacto Histórico, sino también un espacio desde donde podemos hacer realidad las transformaciones que necesita la sociedad y en las que he empeñado mi capital político. Quiero terminar con un mensaje a mis críticos: Los cambios políticos valen la pena cuando se trata de encontrar espacios donde sea posible defender y sacar adelante las ideas que harán de este un país más igualitario, más equitativo, más tolerante y, en general, un mejor país.



