«La tapa de la olla ocurrió en la Asamblea General de la ONU, cuando Petro lanzó fuertes críticas contra el gobierno de Donald Trump…»
Colombia iniciará el próximo 7 de agosto de 2026 un nuevo ciclo político, económico y administrativo. Con la llegada de un nuevo gobierno, el país pasará de un modelo de izquierda a uno de derecha, reflejando un cambio en la voluntad expresada por los ciudadanos en las urnas.
Históricamente, estas alternancias en el poder obedecen, en gran medida, al desgaste de los gobiernos de turno, al descontento ciudadano frente a los resultados obtenidos o a la reacción de sectores políticos y económicos que consideran afectados sus intereses y terminan convirtiéndose en fuertes opositores de las políticas oficiales.
Como ha ocurrido con todos los presidentes de Colombia, el gobierno de Gustavo Petro deja un balance con aciertos, desaciertos y decisiones controvertidas. Sin embargo, cuando un proyecto político pierde el respaldo mayoritario, suelen ser los errores los que terminan marcando la percepción colectiva.
Una revisión del inicio de su administración permite identificar algunos factores que, desde esta perspectiva, contribuyeron al debilitamiento de su proyecto político.
El 7 de agosto de 2022, muchos de quienes se consideraban los principales líderes del petrismo esperaban integrar el nuevo gabinete ministerial. Sin embargo, la conformación del equipo de gobierno sorprendió incluso a sectores cercanos al entonces presidente electo. Salvo algunas excepciones, como Antonio Navarro Wolff, varios de los dirigentes que esperaban ocupar posiciones estratégicas quedaron por fuera de las designaciones.
Petro optó por conformar un gabinete plural, incorporando figuras provenientes de distintas corrientes políticas. Alfonso Prada asumió el Ministerio del Interior; Álvaro Leyva fue designado canciller; Iván Velásquez llegó al Ministerio de Defensa; Cecilia López a Agricultura; Alejandro Gaviria a Educación; Guillermo Reyes a Transporte; Sandra Milena Urrutia al Ministerio de las TIC, y Jorge Eduardo Londoño a la dirección general del SENA.
A ese grupo se sumaron académicos y profesionales cercanos al presidente, como Néstor Osuna en Justicia, Irene Vélez en Minas y Energía, Germán Umaña en Comercio, Jorge Iván González en Planeación Nacional y otros funcionarios cuya designación fue atribuida a la influencia de distintos sectores del Gobierno.
También hicieron parte del gabinete dirigentes identificados con la izquierda, entre ellos Gloria Inés Ramírez en Trabajo, Susana Muhamad en Ambiente, Catalina Velasco en Vivienda, Carolina Corcho en Salud, María Isabel Urrutia en Deporte y Patricia Ariza en Cultura. Posteriormente, Armando Benedetti terminó ocupando cargos de alta relevancia dentro del Ejecutivo, incluyendo el Ministerio del Interior.
Mientras tanto, numerosos militantes del Pacto Histórico que esperaban participar en el Gobierno nunca fueron llamados. Muchos presentaron sus hojas de vida a través de los mecanismos habilitados por la Presidencia, pero sus aspiraciones nunca se concretaron, generando inconformidad dentro de la propia base política que había respaldado la campaña presidencial.
A lo largo del mandato también surgieron controversias derivadas del estilo de comunicación del presidente. Sus frecuentes pronunciamientos en redes sociales, las confrontaciones con distintos sectores políticos, económicos y judiciales, así como varios episodios de tensión diplomática, alimentaron un ambiente de permanente polarización.
Uno de los momentos más polémicos, según esta interpretación, ocurrió durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando Petro formuló fuertes críticas al gobierno del presidente Donald Trump. Posteriormente, otras declaraciones dirigidas a Estados Unidos incrementaron las tensiones diplomáticas y generaron un amplio debate tanto en Colombia como en el escenario internacional.
A ello se sumaron los permanentes enfrentamientos verbales con dirigentes políticos, organismos judiciales, gremios económicos y diversos sectores institucionales, una dinámica que, para muchos analistas, terminó profundizando la división política del país.
Desde esta óptica, la derrota electoral del petrismo no puede atribuirse exclusivamente a la fortaleza de sus adversarios. También sería consecuencia de decisiones adoptadas durante el propio ejercicio del poder, de errores políticos, de la ruptura con aliados estratégicos y de un estilo de gobierno que terminó alejando a sectores moderados del electorado.
Ahora comienza una nueva etapa bajo el liderazgo de Abelardo de la Espriella, cuyo gobierno enfrentará el reto de responder a las expectativas de quienes impulsaron el cambio y de quienes esperan un rumbo diferente para Colombia. Como suele decir el viejo refrán: con De la Espriella, amanecerá y veremos.

