Es increíble como podemos percibir el país si lo miramos con atención desde las alturas, he tomado el vuelo Bogotá-Montería cómo hacía años no lo hacía, la última vez que vine le dije adiós al ser que más he amado sobre el planeta, esta vez me pegué de la ventanilla y no al mapa de la pantalla del avión. Solo vi magia, bendición, tierra fértil, cero humanidades en la inmensidad de la ruta, y eso me llevó a la conclusión de lo ilusos que somos al creer que es en las ciudades donde se establece Colombia. Y no, es aquí en el silencio de sus amplios valles y montañas, delineados por nubes color algodón que cuelgan de su majestuoso cielo celeste.
Saquemos a nuestra mente de la ciudad, llevémosla de viaje, así sea a uno imaginario, salgámonos de la carrera impuesta por la rutina citadina, esa que nos ha vuelto torpes, que nos ha llevado a ver a nuestros hermanos como elementos de competencia, esa que nos ha llevado a endiosar a políticos, a creer que nos merecemos todo lo material, cuando con agua, aire, tierra y cielo, debería bastarnos para agradecer lo que somos, en esencia. Tal como lo disfrutaban, quizás, nuestros ancestros.
Claro que debemos proyectarnos en nuestros sueños, pero no debemos dejar de lado lo que hace que nuestro corazón lata, podemos escalar mil montañas de dinero, lograr cientos de títulos académicos, pero no olvidemos observarnos como lo que somos, pequeños granos de arena con respecto al planeta, y polvo microscópico con relación al universo.
Mi invitación es a que seamos polvo brillante de alegría, no le juguemos al ego, abracemos la vida con intensidad para proyectar nuestro mayor estado, estoy seguro de que si nos detenemos ante la grandeza real de lo que tenemos como planeta, le bajaremos la intensidad a la avaricia, al desasosiego y sobretodo, a esa megalomanía que nos insiste en que somos el centro de todo, cuándo realmente somos pequeñísimas partes de un rompecabezas, que necesita además, de todos sus puzles para armarse de manera correcta.
Para escalar en esa ruta sería importante echarle cabeza a las inmensas reflexiones que nos ofrece el Dalai Lama en su cuenta de Twitter todos los días, una de ellas es esta: “Dado que deseamos la felicidad que proviene de tener una mente tranquila, y esa paz que surge solo de tener una mente compasiva, debemos hacer un esfuerzo concertado para desarrollar la compasión. Debemos utilizar todos los eventos de nuestra vida diaria para transformar nuestros pensamientos y comportamientos”. Allí está la clave, aprovechar esos eventos, uno a la vez y día con día hasta llegar al resultado, ojo: con esfuerzo concertado.
Estoy seguro de que la meta hacia la felicidad, la alcanzaremos, eso sí, generando pequeñas acciones que nos vayan poniendo en el camino de convertirnos en buenas personas, la vida nos ha puesto en un momento clave, para alcanzar esa meta de bondad, evitándonos caminos dolorosos, momentos que nos generan culpa y que, de paso, a veces, hieren a tantos. No es mirando los defectos de los demás que vamos a transformar nuestro entorno, es corrigiendo los propios. Que bueno seguir llevando a Colombia por esa ruta que nos ha destacado, esa que alguna vez nos llevó a decir, el riesgo es que te quieras quedar.



