Por: Lucho Paternina Amaya
Al leer la columna La triste realidad del mango escrita por el Rector de la Universidad de Sucre, Jaime De la Ossa y publicada en www.724noticias.com.co me fijo en el comentario serio y bien fundamentado en el cual pone en evidencia el injusto trato que recibe la comercialización del mango e´puerco en las subregiones del San Jorge y Sabanas, donde son comprados por precios irrisorios, ridículos y de hambre. Tan triste realidad como la llama el rector, fuera otra si el Gobierno y el local ofrecieran a los campesinos la asistencia tecnológica y de mercadeo necesarias, en la seguridad de que mejores condiciones para un vivir distinto tendrían quienes cosechan “nuestra manzana tropical” como también se le conoce.
Pero, al referirme al tema lo hago para hacer hincapié en que además de las cualidades que posee el fruto, ya expuestas por el académico, y de su atractivo por el sabor y color que le son propios, el árbol que lo produce se convierte en toda época, especialmente en el verano, en un sitio de obligado reposo cuando el sol arrecia, dadas las sombras que su espeso follaje deja caer para mitigar el calor y el bochorno que ahuyenta a los cachacos.
Si no fuera por el palo de mango que la naturaleza le regaló al conjunto residencial donde vivo, bajo el cual el ambiente es refrescante o climatizado como diría mi hijo, los profesionales de la psiquiatría ya tuvieran un paciente de diagnóstico reservado si de evaluar mi salud mental les tocara, frente a la confusión en que nos ha ido metiendo la peste con el aislamiento y la suma de noticias que nos fastidian diariamente anunciando muerte y desesperanza, alejando las condiciones que me devuelvan el sosiego del cual gozábamos antes de la pandemia.
Bajo la influencia de este ambiente terapéutico se desarrolla frecuentemente una tertulia que, por momentos, espanta la desason ante las distintas soluciones que cada uno de los panelistas exponemos para sortear las dificultades que nos tienen en apuros, sin que deje de asomarse la impotencia que se ve alimentada por la injusta partida de dos buenos vecinos dejándonos la intranquilidad de tener que seguir lidiando con el miedo y la tristeza.
Por ello, nuestro esfuerzo se parece más a un acto de prestigitación mental que a un intento certero por contener el ataque despiadado de un enigmático enemigo que nos ha metido en una encrucijada, hasta ahora, sin salida. Asumiendo la situación como compleja, la tertulia se nutre de cuanta idea es posible de crear la imaginación que a la postre se convierte más en un ejercicio de conjuro a la presión que recibimos del exterior, que a la superación de cuanto nos aflige. Cuando hemos creído encontrar el equilibrio mental y físico perdidos, dada la avalancha de soluciones que la especulación nos permite soltar, el mensaje de un celular nuevamente nos aterriza con el anuncio de que otro amigo fue víctima del ataque endemoniado de la enfermedad que está poniendo a prueba la vulnerabilidad del ser humano que, hasta ahora, no obstante la dimensión microscópica del bicho que nos ataca, éste se está mostrando mucho más poderoso que todas las armas de destrucción masiva inventadas por el hombre.
La nueva realidad está acabando con lo absoluto para hablarnos de una relatividad en todo lo que se mueva o se crea. La tranquilidad como categoría que todos buscamos, igual que otras de obligada conquista del ser humano, serán tan relativas como lejanas, si las conductas atropelladoras continuaran desnaturalizándonos con su depredación hasta claudicar ante las inevitables pandemias que sobrevendrán con nuevos y atractivos nombres hasta acabar con el alfabeto griego y los símbolos de la nobleza europea.
Para mi fortuna, existen las sombras del palo de mango con los vientos que abanican sus ramas produciendo melodías que en coro con el canto de los pájaros, el concierto musical y la sabrosura del fruto les hace olvidar la presencia de un búho y un gavilán, y a mí me espanta la posibilidad de acudir al psiquiatra, si todos seguimos recibiendo las brisas que dialogan con la espesura del ramaje.
Si no fuera entonces por las sombras del palo de mango como otro valor que se le agrega a las tantas cualidades del fruto, no hubiera sido posible sobrellevar la desesperanza de saber que aún la peste continua su amenaza de herir a la humanidad hasta más allá de su propia existencia. Pero ahí estará siempre el palo de mango e´puerco que nos ayudará a capear el apocalíptico momento.
Una invitación entonces al rector y a mi ex compañero del Araujo Jairo Pérez, también conocedor y comedor de la anacardiácea e´puerco, para integrarse a la tertulia amparados por las sombras que no son sombrías porque además del ambiente indulgente que nos regala, despejan nuestras mentes para torear la pandemia y hablar de mangos, marañones, anécdotas y otras cositas que nos endulzan la vida.



