La llamada “Cultura de la Muerte”, es una realidad que se ha implantado en la sociedad occidental posmoderna, por mucho que sus partidarios y constructores lo nieguen y no acepten tal denominación. Es irrefutable que nunca antes se había promovido la legalización de tantas prácticas destructoras de vidas humanas: aborto, eutanasia, manipulación de embriones, pena de muerte, esclavitud etc.
No es que el aborto o la eutanasia sean algo nuevo. Lo que sí es una horrible novedad es que, pese a la evolución de la sociedad hacia la estima del derecho a la vida, ahora se reivindiquen tales barbaridades como legítimos derechos y se legalicen.
Existe un pequeño pero poderoso lobby pro-muerte, autoproclamado como progresista y avalado por el certificado de lo políticamente correcto. Un “progresismo” que es “regresismo”, puesto que anula algunos grandes logros de nuestra civilización y nos devuelve a estados de barbarie.
Es triste y contradictorio que, en la misma sociedad que tanta sensibilidad muestra frente a otros atentados a la vida, con sus no a la guerra, no a la pena de muerte, no al comercio de armas, no al maltrato y muerte de animales, no a la destrucción de la naturaleza, no contra la violencia de género, se esté extendiendo tanto desprecio por la vida de los más inocentes e indefensos. Una incoherencia que vuelve a cuestionar el valor inviolable de toda vida humana.
El origen profundo de la cultura de la muerte no es otro que el resultado final del más grave de cuantos errores humanos existe, el padre de todos los demás errores, muy bien explicitado en primer libro de la Biblia bajo el concepto de “pecado original”, que consiste en reclamar para sí mismo la autonomía moral, desobedeciendo a Dios.
Los postulados esenciales de esta necia y soberbia actitud humana son: “Ni Dios, ni ley natural, ni moral revelada, ni principios universales, ni otra norma de conducta exterior a mí que no sean las leyes positivas que elaboremos a nuestra conveniencia. Mi vida es mía, mi cuerpo es mío, yo decido sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte”. En resumen: “Yo soy Dios”.
El Hombre moderno, que se erigió a sí mismo como centro y medida de todas las cosas, apartando a Dios y colocándose en su lugar, en la posmodernidad ha acabado sin Dios y sin el Hombre. El problema es que, nos pongamos como nos pongamos, No Somos Dios. El Hombre ha intentado serlo, ha tratado de orientarse por sus propias luces y deseos y lo ha estropeado todo: Nuestro planeta está moribundo, no hemos eliminado la violencia, ni las guerras, ni el hambre, ni la incultura, ni la injusticia, ni la desigualdad, ni las enfermedades, ni la muerte, ni nada.
No somos Dios, evidentemente. Pero somos criaturas hechas a su imagen y semejanza. Dios es amor y nos ha creado por amor y para el amor. Ese es nuestro diseño original, nuestra identidad y nuestra razón de ser. Toda persona, atea, creyente o agnóstica, hasta la más degenerada, lleva impreso en su ser que no puede vivir sin amor y sin amar.
Sin tener dentro la vida plena, que proviene de Dios, necesitamos defender la poca que tenemos y vivir para nosotros mismos. Sin Dios, no es posible amar al otro, cuando este se presenta como una amenaza. Entonces aparece la necesidad de defenderse de él, eliminarlo de alguna forma. Quien no puede morir, acaba matando, incluso físicamente. He aquí la raíz de la “Cultura de la Muerte”. Sin Dios el respeto a la vida humana se esfuma y se impone la cultura de la muerte.



