Conocí a Richie Ray en Sincelejo, departamento de Sucre, después de haber disfrutado de esa música de otro nivel que hacía junto a su amigo de toda la vida, Bobby Cruz. Llegaron a Cali procedentes de Nueva York en diciembre de 1968 para actuar en la Caseta Panamericana. Desde entonces, me enamoré de esa música que llamaron salsa, creada en Nueva York por latinos de origen puertorriqueño.
Según los periodistas y escritores caleños Medardo Arias Satizábal y el desaparecido Umberto Valverde, Richie y Bobby partieron en dos la historia musical de Cali, una ciudad rumbera donde las noches brillaban con la belleza de sus mujeres bailando al ritmo de Los Graduados de Gustavo “El Loco” Quintero, la Billo’s Caracas Boys y Los Melódicos. Ese ambiente inspiró la novela ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo.
El pueblo abrazó con entusiasmo la llegada de Ricardo “Richie” Ray y Bobby Cruz a la capital del Valle del Cauca, que hasta ese momento solo había recibido, procedente de la capital del mundo, a la famosa Sonora Matancera y sus grandes cantantes, como Daniel Santos, Celia Cruz y Celio González, entre otros. Pero esto fue distinto: fue apoteósico. La sonoridad del piano de Richie Ray y la voz de Bobby Cruz, respaldados por su orquesta, volvieron mágicos los días que permanecieron en Cali.
Desde entonces, los caleños estuvieron pendientes de cada producción musical de estos gigantes de la salsa. La música entraba por Buenaventura en su versión original, con sello americano, y las estaciones de radio la difundían en exclusiva hasta que la empresa Discos Fuentes la imprimía y distribuía por todo el país.
En Colombia, Barranquilla y Cali fueron las ciudades más receptivas para los creadores de Comején, Agúzate, Bomba Camará, Cabo e’ y Sonido Bestial, entre muchos otros temas que se convirtieron en clásicos gracias a la radio.
El 24 de febrero de 1968, la llegada de Richie y Bobby a Barranquilla fue otro momento apoteósico. Vinieron a amenizar los carnavales y actuaron el sábado 24, domingo 25, lunes 26 y martes 27 en las celebraciones de Momo. Como cuenta el escritor y docente universitario Fausto Pérez Villarreal en su libro Richie y Bobby, en el corazón de Barranquilla, la ciudad los recibió como ídolos.
“Media ciudad se volcó a recibirnos. Desde la ventanilla del avión de Avianca que nos trajo, vimos que en la pista había policías por todos lados, además de una multitud esperándonos. Como no estábamos acostumbrados a un recibimiento de esa magnitud, me puse nervioso. La mayoría de los integrantes de la orquesta no funcionaban sin droga, por lo que temí que las autoridades vinieran por nosotros. Así que, con sigilo, les sugerí a los muchachos, en inglés, que si no querían ir presos, debían deshacerse de todos los alucinógenos que guardaban en los bolsillos”. Ese fue un susto grande. El utilero de la orquesta, presa del pánico, se orinó en los pantalones.
Hoy, Richie Ray, el hombre que, junto a su cantante y amigo Bobby Cruz, partió en dos la historia de la música latina, tiene 80 años. A los 23 ya atraía multitudes con la magia de su piano y la potente voz de Bobby. Con el tiempo, superó sus adicciones y, convertido en predicador, ahora interpreta música cristiana en su propia iglesia.

En Sincelejo lo conocí porque el empresario que lo trajo a la ciudad lo llevó a mi programa de radio. Para esa época, ya no andaba con Bobby, pero el cantante que lo acompañaba lo imitaba a la perfección. Se presentaron en el Estadio 20 de Enero, y fue un espectáculo inolvidable.



