La televisión, ese noble arte de entretenernos y educarnos, ha sido relegada a un rincón oscuro donde, al parecer, se olvidaron de que la cultura es algo más que un chisme de reality. No lo digo yo, lo dicen los participantes de La Casa de los Famosos, un programa de la televisión nacional que, por más que nos duela, demuestra que la mediocridad está de moda. Y no, no estamos hablando de una «moda» como la de los pantalones de campana, sino de algo mucho más peligroso: la decadencia de los referentes culturales.
No soy precisamente un fanático de este tipo de programas, pero decidí ver La Casa de los Famosos con la noble intención de entender qué es lo que la gente ve y, de paso, no perderme la «cultura popular». Y qué sorpresa me llevé: no es una competencia de cultura, es una competencia para ver quién puede ignorar la historia y la geografía con mayor estilo. ¡Bravo! Claro, los participantes ni siquiera pudieron contestar preguntas básicas, como si Cristóbal Colón cruzó el Atlántico con Google Maps o si Sabana de Bogotá es una marca de ropa. Nada, ni idea.
Y el clímax llegó cuando una de las participantes, cuando se le pidió elegir al «más honesto», confesó sin ruborizarse que no sabía lo que significaba «honestidad». Si eso no te hace cuestionar el futuro de nuestra civilización, no sé qué lo hará. En ese momento, sentí que el apocalipsis estaba más cerca de lo que pensaba.
¿En qué momento nos dejamos llevar por esta avalancha de superficialidad? Antes, en los tiempos de programas como Naturalia o Concéntrese, la televisión tenía algo de educativo, algo que nos obligaba a pensar, a aprender, a poner atención. ¿Dónde quedaron esos días? Si hasta El Precio es Correcto nos enseñaba un poquito sobre valores y el valor del dinero sin dejarnos morir de aburrimiento. Y qué decir de la inolvidable presencia de Fernando González Pacheco, que hacía que hasta comprar un coche en un concurso fuera un acto digno de admirar.
Ahora, todo es escándalo, glamour barato y competiciones donde la suerte es más relevante que el conocimiento. Estamos como niños en un parque de diversiones, pero sin las enseñanzas de los viejos programas que sí aportaban algo. “Todo tiempo pasado fue mejor”, dice el dicho, y la verdad, en lo que respecta a la televisión colombiana, eso parece ser más cierto que nunca.
¿Acaso no podemos aprovechar este potente medio de comunicación para algo más que alimentar el morbo y la superficialidad? La televisión tiene el poder de educar, de inspirar y de generar un pensamiento crítico, pero parece que ahora se ha convertido en un circo de tres pistas donde lo único que se valora es quién grita más fuerte y quién se lleva el premio por no saber qué es la honestidad.
A las productoras y canales de televisión les hago un llamado urgente: ¿de verdad esto es lo mejor que pueden ofrecer? ¿Es esto lo que nuestra sociedad necesita? Y no solo ellos, nosotros, los espectadores, también tenemos algo que ver. Mientras sigamos consumiendo esta bazofia, no habrá incentivos para mejorar. La televisión puede ser mucho más que un escaparate de superficialidad, puede ser un motor de conocimiento. La decisión, como siempre, está en nuestras manos.
Así que la próxima vez que encendamos el televisor, recordemos que los brutos también pueden ser famosos, pero a veces, ser famoso por ser bruto, no es nada de qué sentirse orgulloso.



