En el Día de las Madres. A nuestras valientes guerreras de uniforme camuflado, blanco, azul y verde oliva, a quienes portaron y a quienes hoy portan el uniforme de las diferentes fuerzas, mil bendiciones y muchas felicitaciones. A una madre no se le celebra un solo día, sino cada día de su vida.
Cada una de ellas camina con firmeza, aunque a veces con el corazón apretado. Algunas llevan camuflado y botas, otras el blanco inmaculado de la salud, unas más el azul que patrulla las calles, y muchas el verde oliva de quien cuida la Patria desde la Policía Nacional. Todas distintas, pero unidas por la misma esencia: ser madres en medio del servicio.
En los pasillos de las estaciones, en los hospitales, en los puestos de control de carretera, en los cuarteles o en misiones humanitarias, están ellas. Madres que no siempre pueden estar presentes en los actos escolares, que a veces almuerzan con una llamada a distancia y que muchas noches regresan a casa con la espalda adolorida y el alma cansada. Pero siempre, siempre, con el corazón lleno de amor.
“Madres de acero y amor”, las llama un poema que ha recorrido las redes, los altavoces de las ceremonias institucionales y los corazones de sus compañeros. Porque eso son: mujeres que, sin importar la carga del día o el uniforme que porten, siguen cuidando, enseñando, abrazando.
En las mañanas, antes de que el sol se asome, preparan los desayunos y organizan las mochilas escolares. Luego, con un beso en la frente y una oración en los labios, salen a servir al país. Algunas detienen vehículos en retenes; otras auxilian víctimas, enfrentan emergencias, entregan vacunas o acompañan procesos comunitarios. Son ejemplo vivo de que el deber y el amor pueden habitar en el mismo cuerpo.
Y están también las madres que esperan. Las que ya cumplieron su ciclo en la institución pero no dejan de orar por sus hijos e hijas que continúan en servicio. Las que formaron héroes. Las que criaron con valores de entrega y honestidad, y que ahora ven cómo sus retoños caminan el mismo sendero del compromiso.
No necesitan medallas. Su mayor condecoración es ese abrazo que dan al final del día, esa sonrisa de su hijo o hija, esa palabra de aliento que les brota incluso en la adversidad. Son heroínas sin capa, con el alma hecha de coraje y ternura.
En este Día de las Madres —y en todos los días— esta crónica es para ellas. Para esas mujeres que sostienen al país desde el trabajo silencioso, desde el cuidado constante, desde el amor inagotable. Porque ser madre ya es una hazaña. Pero ser madre con uniforme… es ser, verdaderamente, una madre de acero y amor.
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