Siempre he sido un tipo común y corriente. Pero, según la óptica de dos pastores, Dios me ama y tiene algo para mí. Fui bautizado en la religión católica porque mis padres fueron católicos históricamente. Cuando me invitaron los pastores Álvaro Santolla y el doctor Carlos Garizado para que los acompañara al culto de los domingos, empecé a escuchar la palabra de Dios a través de la Biblia.
La Biblia siempre tiene que explicármela, porque me confundo con el Antiguo Testamento y, muchas veces, cuando lo citan fuera de contexto, no entiendo. Me va mejor con el Nuevo Testamento.
En la Biblia se habla de grandes profetas y apóstoles que transmitieron el mensaje del Creador a sus fieles. En lo personal, me fundamento en la oración con Dios y con su hijo Jesucristo. Para hablar con el Todopoderoso, solo necesito orar. Hago presencia en el culto para aprender a interpretar la Biblia y profundizar en el conocimiento de la Palabra y, por ende, en la oración.
Los evangélicos hablan de pastores, apóstoles y predicadores. Ellos mismos se autodenominan así. Siempre dicen, cuando van a iniciar el culto después del grupo de alabanzas, que Dios les habló. Con base en esa narrativa, empiezan a predicar. Abren la Biblia y anuncian: “Hermanos, Dios anoche me habló sobre el tema de hoy”.
Si Dios habló con los grandes pastores escogidos por Él, y les recomendaba misiones que debían cumplir, ¿será posible que hable también todos los días con los pastores actuales? A mí me sorprende mucho cuando, en medio de los aplausos de los feligreses, llega el pastor, Biblia en mano, y dice: “Hermanos, ¿Quién es el que vive? Amén y amén. Anoche el Señor me habló y puso estas palabras en mi boca para que sean compartidas en la iglesia. Amén. Abran sus Biblias en la epístola de Santiago. Hoy vamos a hablar de fe, sabiduría y lo transitorio de las riquezas”.
La narrativa del pastor inicia: “Amén, queridos hermanos. Ayer el Señor me mostró esta palabra que voy a compartir con ustedes: Tengan por sumo gozo cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que esas pruebas producen paciencia; y que la paciencia tenga su resultado…”
Entre aplausos y “amén, amén”, al final de la prédica, siempre saca un espacio para hablar del diezmo, “para que siga creciendo la obra de Dios”. Cuando voy a la iglesia evangélica, aprendo mucho y llevo mi ofrenda. Pero, como todo es cuestión de fe, la esposa del pastor toma el micrófono y dice: “Amén, hermanos, que el Señor los bendiga a todos. Anoche el Señor me habló y me dijo que la Canasta de Ensueño es para la hermana Carolina”.
Yo me pregunto: ¿Será que Dios habla a los pastores todos los días, o es un recurso para atrapar incautos? En Sincelejo proliferan iglesias evangélicas, unas muy pequeñas y otras muy grandes y bien organizadas. La Iglesia católica se ha visto afectada por la fuerza que han tomado los evangélicos. Los católicos son muy pasivos: van a la iglesia por un bautismo, un sepelio o si hay un sacerdote carismático que atraiga fieles. He notado que, cuando pasan por el templo, se hacen la señal de la cruz.
Hoy ya pocos se confiesan, pero la gran mayoría recibe la hostia: “Cuerpo de Cristo”. Solo Dios y su hijo Jesús pueden perdonar los pecados. Amén. Afortunados quienes tienen la dicha de hablar con Dios todos los días.



