El domingo 20 de enero de 1980 amaneció distinto. No sabría decir por qué, pero el cuerpo lo sentía antes que la razón. En la casa nos levantamos temprano, con esa ansiedad alegre que solo traen los días grandes. Había risas, afán, el ritual de siempre. Era el día. El 20 de enero. Aunque ese año no se jugarían los toros de don Arturo Cumplido Sierra, la fecha seguía siendo sagrada. Y lo fue. Nadie imaginó de qué manera.
El aire olía a porro y a corraleja. La radio no hablaba de otra cosa: 20 de enero, fiesta en corraleja. Mi padre, mi madre, mis hermanas y yo nos alistábamos. Esta vez nos acompañaba mi tío Leonel Cruz. Mi padre encendió su Jeep Willys modelo 71 y Sincelejo entera parecía moverse hacia un mismo punto, como si la ciudad completa hubiera decidido latir al mismo ritmo.
Llegamos cerca del mediodía. Cruzamos el puentecito de Mochila, parqueamos y empezamos a subir hacia los palcos. Filas interminables, gente corriendo, vendedores de fritos, guarapo y algodón de azúcar haciendo su agosto. Abajo, el redondel hervía. Pero había algo extraño: el cielo estaba gris, pesado, y la brisa anunciaba lluvia. A nadie le importó. Al contrario, la gente se apuraba. Había que conseguir buen puesto. Era 20 de enero.
Los palcos estaban a reventar. Sonaron las recámaras. Entraron los jinetes, los caballos, los manteros, los banderilleros. Los toros ya estaban listos. Sin saberlo, la tragedia también. El encierro de Juancho Perna cumplía con creces: toro que salía, toro que respondía. La tarde avanzaba con una normalidad engañosa, como si el desastre caminara de puntillas.
Pasada la una, las nubes se estacionaron sobre la plaza. Primero una llovizna. Luego la brisa fuerte. Nadie se movía. A eso de las dos y media, la lluvia arreció y quienes estaban en el costado izquierdo comenzaron a retroceder para guarecerse bajo el escaso techo de zinc. Ahí empezó todo.
Abajo, la faena era la mejor. Salió un toro negro como la noche. Luego otro igual de bravo. La gente corría, los manteros lo buscaban con el capote. Un tercero fue soltado. El tiempo se volvió espeso. Recuerdo que, antes de que la lluvia se hiciera fuerte, mi padre decidió bajar con Edwin, mi hermano menor, que apenas tenía dos años y se metía debajo de las gradas. Se lo llevó a la casa. Hoy sé que fue un milagro.
En el palco la alegría seguía intacta. Mi madre estaba a mi lado. Cerca, una mujer embarazada bailaba y reía. El aguardiente pasaba de mano en mano. La banda tocaba con fuerza. Y entonces, como en una película en cámara lenta, la madera habló. Un crujido seco, cansado. Apenas audible entre la música y los gritos. Los clavos y las tablas, vencidos por el sobrepeso y la humedad, cedieron. Uno. Dos. Tres. Los palcos colapsaron en efecto dominó.
Mi madre me sujetó del cuello de la camisa con una mano, mientras con la otra protegía su vientre. Mi padre me agarró del otro lado. Caíamos. Las tablas volaban. El zinc se levantó como una ola. Vi el rostro de absoluto asombro de mis padres. Vi a mis hermanas —Diana, María Elisa, Idbelia— y a mi tío Leonel desaparecer entre la madera. Luego, el golpe.
Abajo, mi padre seguía sin soltarme, atrapado bajo tablas y media lámina de zinc. Mi madre, del otro lado, nos buscaba con la mirada. Los gritos eran desgarradores. Hombres y mujeres pidiendo ayuda. Los palcos habían desaparecido. Algunos huían como podían; otros, en medio de la miseria humana, robaban a heridos y muertos.
Salimos como pudimos. Diana tenía el tabique partido. Mi padre sentía un dolor profundo en el pecho: dos costillas fracturadas. Mi madre parecía un pulpo, abrazándonos a todos hasta llegar al carro. Afuera, el caos era absoluto. Ambulancias, carros particulares, sirenas, pitos, llanto. En los corredores, desde la plaza hasta casi llegar a la casa, había cuerpos: heridos y muertos dejados a un lado mientras otros regresaban corriendo a buscar más. Familias rotas en segundos.
Dentro de la plaza, tres toros permanecían en el redondel. No embistieron. No huyeron. Hicieron un semicírculo y miraron, impávidos, la fiesta convertida en tragedia. Esa imagen recorrió el mundo.
Al salir por el puentecito de Mochila, una camioneta cargada de heridos y muertos intentó rebasarnos. La tierra mojada la hizo volcar. No miramos atrás. Era supervivencia. Llegamos a casa, en la Calle Real. Mis abuelos Daniel y Elisa nos recibieron dando gracias a Dios. Estábamos completos. La radio ya hablaba de tragedia nacional. Los hospitales de Sincelejo, Corozal y Sampués colapsaron. Casas, camiones y locales se convirtieron en centros improvisados de atención.
Más de 500 personas murieron. Aplastadas. Asfixiadas. Desaparecidas entre vigas y cuerpos. Niños buscando a sus padres. Gritos que aún resuenan. La solidaridad del pueblo intentó cubrir lo que el Estado no pudo.
Las investigaciones confirmaron lo que todos sabían: negligencia, improvisación, palcos sin estándares, materiales frágiles, sobrecupo criminal. Hubo críticas. Hubo titulares. Pero casi no hubo sanciones. La impunidad también fue parte de la tragedia.
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Mi padre sanó. Diana también. Mi tío tuvo suerte. Mi madre, con ocho meses de embarazo, fue el milagro. Una herida abierta en la pierna, pero mi hermana Julia Elisa nació sana el 9 de febrero, en la finca La Lucha. No todos corrieron con la misma suerte. La mujer embarazada que bailaba a nuestro lado murió. Un palo atravesó su vientre. Su hijo no sobrevivió. Ese día, Sincelejo se partió en dos. Y algunos —los que salimos con vida— seguimos cargando los escombros en la memoria.




