El 19 de enero amaneció distinto. Lo supe entonces, aunque no hubiera sabido explicarlo. Lo sé ahora, con la claridad incómoda que solo concede el tiempo. Sincelejo despertó con ese bullicio festivo y desordenado que anuncia los días grandes, cuando el pueblo entero parece respirar al mismo compás de la fiesta. Las calles hervían de conversaciones cruzadas, de apuestas verbales, de historias repetidas una y otra vez, como si al nombrarlas se blindara la tradición. Era la víspera. El día antes del gran día. Y en las corralejas, ese día previo siempre ha sido territorio sagrado de expectativas.
Se hablaba, sobre todo, de las ganaderías. De Juancho Perna, con su fama intacta de toros bravos, bien presentados, animales que no regalaban nada y exigían respeto en la arena. Y se hablaba —más que de ninguna otra— de Arturo Cumplido. Su nombre pesaba distinto. No era solo una ganadería: era historia, promesa, fe heredada. Una manda sostenida durante años como un pacto silencioso con el santo patrono. Cumplido no fallaba. Cumplido siempre cumplía. Así lo decían los viejos, así lo repetían los entendidos, así lo creímos todos.
Pero ese 19 de enero la expectativa era distinta. Más densa. Más inquieta. No solo porque al día siguiente se anunciaba una de las jornadas más concurridas, sino porque corría, como un murmullo incómodo que nadie lograba acallar, la versión de que algo no estaba en su sitio. La tradición de Cumplido se había roto. Por primera vez, don Arturo no había podido cumplir su manda al santo patrono. Nadie lo afirmaba con voz firme, pero todos lo comentaban con esa mezcla de respeto y temor que producen las cosas que no deberían ocurrir.
Yo escuchaba esas conversaciones siendo aún muy joven, tomado de la mano de mi padre, don Silverio Herrera Arrieta: ganadero curtido, hombre de campo y de fe, amante de la tauromaquia y de las tradiciones sabaneras. Él, como otros, guardaba silencio cuando el tema salía a flote. Y ese silencio decía más que cualquier palabra. Porque en Sincelejo las corralejas no eran solo fiesta: eran ritual, herencia, superstición compartida. Un orden invisible que no convenía alterar.
La tarde del 19 fue una larga antesala. Los palcos comenzaron a llenarse, la madera crujía bajo el peso de quienes parecían querer asegurar desde ya su lugar para el día siguiente. Se bebía, se reía, se cantaba. Pero algo se colaba entre la alegría. Una sensación extraña, difícil de nombrar. Como si la euforia caminara de la mano de una inquietud que nadie quería reconocer. La ausencia simbólica de Cumplido en su manda —tan esperada por los seguidores de la ganadería Santa Teresa— empezó a tomar forma de mito, de presagio, de relato oscuro que con los años terminaría cubriendo la tragedia como un manto explicativo.
—Eso no había pasado nunca— decían algunos.
—Algo raro hay en el ambiente— murmuraban otros.
También estaban quienes se aferraban a la razón, restándole importancia a lo que consideraban simples creencias populares. Pero en un pueblo donde la tradición manda, romperla nunca es un asunto menor. Mucho menos cuando se trata de promesas hechas al santo patrono, esas que —según la creencia— protegen al pueblo de desgracias mayores.
La ganadería de Juancho Perna seguía siendo tema central. Se esperaba bravura, emoción, riesgo. Sus toros eran garantía de espectáculo, de adrenalina pura. Y eso elevaba aún más el ambiente. El 20 de enero se anunciaba como un día grande, inolvidable. Nadie imaginaba —o tal vez nadie quiso imaginar— que lo sería por las razones más dolorosas.
Esa noche del 19, Sincelejo no durmió del todo. La música se prolongó hasta tarde, los últimos tragos sellaron promesas de encontrarse en la arena al amanecer, y los relatos de años anteriores circularon como una letanía. Yo me fui a descansar con una presión indefinible en el pecho, sin saber que estaba cerrando la última página de una normalidad que al día siguiente se haría trizas.
- También puede leer: 20 de enero de 1980: una promesa rota al santo patrono, un mito que asustó por años
Con el paso del tiempo, muchos dirían que la tragedia empezó realmente el 19 de enero. Que no fue solo el colapso de una estructura lo que nos marcó, sino la ruptura previa de una tradición que, para bien o para mal, sostenía el equilibrio simbólico de la fiesta. Que don Arturo Cumplido no pudiera cumplir su manda aquel año se convirtió, después, en el mito con el que intentamos explicar lo inexplicable. Al día siguiente, 20 de enero de 1980, se rompería algo más que una tradición y comienza justo cuando la expectativa se transformó en tragedia.





