El enfrentamiento entre el gremio de cocheros y la administración distrital de Cartagena no solo sigue abierto: se ha profundizado. Lo que comenzó como una discusión sobre movilidad turística hoy se ha convertido en un pulso simbólico entre tradición, empleo y modelo de ciudad. En el centro del conflicto está la decisión del alcalde Dumek Turbay de insistir en la eliminación de los coches de caballos, una práctica centenaria que forma parte del paisaje histórico del Centro Amurallado y del sustento de decenas de familias.
Para los cocheros, el mensaje es claro: no están dispuestos a ceder. Consideran que detrás del discurso de modernización y bienestar animal se esconde un negocio que despierta más preguntas que certezas: la implementación de carrozas eléctricas cuyo alquiler puede alcanzar hasta 350 mil pesos por hora, una tarifa que transforma una experiencia tradicional en un lujo excluyente y concentra el beneficio económico en pocos operadores.
La controversia no es menor. No se trata únicamente de un cambio de vehículo, sino de un reemplazo de modelo económico, donde trabajadores históricos quedarían por fuera para dar paso a una operación turística altamente rentable, con escasa claridad sobre sus beneficiarios reales. Para los críticos, el proceso carece de diálogo social efectivo y amenaza con borrar de un plumazo una tradición viva en nombre de una modernización selectiva.

El temor, expresado en voz baja pero compartido por amplios sectores de la ciudad, es que esta lógica termine extendiéndose a otros símbolos de Cartagena. No falta quien, con ironía amarga, diga que solo falta que la administración “le eche mano” a la India Catalina o a la Torre del Reloj. En una ciudad donde el patrimonio ha sido intervenido más de una vez sin consenso ciudadano, la desconfianza no surge de la nada.
La memoria urbana refuerza esa inquietud. Cartagena ya vivió el episodio en el que la estatua de la India Catalina fue retirada del lugar que ocupaba en la confluencia de la Avenida Venezuela y la Pedro de Heredia, para ser relegada durante años a un espacio marginal, casi oculto, en Puerto Duro. Un gesto que muchos interpretaron como una muestra de desconocimiento —o desdén— por el valor histórico y simbólico de uno de los personajes más complejos de la conquista.
La India Catalina no es un adorno urbano: es una figura clave para entender la historia de la ciudad y el juicio que en su momento enfrentó Pedro de Heredia en los tribunales españoles, tras las denuncias por abusos y atrocidades cometidas durante la conquista. El día en que Cartagena asuma con seriedad esa memoria incómoda, dicen algunos historiadores, será el día en que sus símbolos dejen de ser tratados como obstáculos y recuperen el lugar que merecen en el espacio público.
Mientras tanto, el conflicto con los cocheros sigue abierto y cargado de tensión. Más que un debate sobre caballos o motores eléctricos, lo que está en juego es una pregunta de fondo: ¿qué tipo de ciudad quiere ser Cartagena y a quién beneficia su modelo turístico? La respuesta, por ahora, sigue galopando en medio de la polémica.




