Cartagena de Indias volvió a vivir en las ultimas horas uno de esos días que ya no sorprenden, pero que deberían estremecer a toda la ciudad. En menos de doce horas, cuatro personas fueron asesinadas a bala por sicarios en distintos puntos de la capital de Bolívar, confirmando que la violencia criminal no solo persiste, sino que se mueve con total libertad, a plena luz del día y en la noche, sin temor alguno a la autoridad.
Los crímenes ocurrieron en Olaya Herrera, El Nazareno, El Carmelo y Escallón Villa, barrios populares atravesados por una misma constante: la ausencia efectiva del Estado frente al avance del sicariato. Las escenas se repitieron como un libreto macabro ya conocido: motocicletas, parrilleros armados, disparos a quemarropa y una huida sin obstáculos, mientras la comunidad observa con miedo y resignación.
El primer homicidio se registró a las 2:20 de la tarde en Olaya Herrera, sector Playas Blancas. Allí fue asesinado Eduardo Manuel Arévalo Vásquez, de 38 años. Horas después, la violencia se intensificó con una seguidilla de ataques casi sincronizados en distintos sectores de la ciudad, como si se tratara de una demostración de poder criminal.
A las 6:50 p. m., en El Nazareno, fue asesinado frente a su vivienda Ángel Rafael Barboza Giraldo, de 26 años, conocido como ‘Angelito’. Más tarde, en una vía entre El Carmelo, Plan 400 y Blas de Lezo, sicarios ejecutaron a otro hombre en plena calle. Finalmente, en Escallón Villa, un nuevo ataque dejó una víctima mortal identificada como Santiago Coronel Altamiranda cuyo cuerpo quedó tendido sobre el pavimento, mientras videos del hecho circulaban en redes sociales como testimonio crudo de la impotencia colectiva.
Más allá del prontuario judicial de una de las víctimas —expuesto con detalle por la Policía—, el fondo del problema sigue sin abordarse con la misma contundencia: ¿Cómo es posible que cuatro homicidios ocurran en un solo día, en distintos puntos de la ciudad, sin que exista una respuesta preventiva eficaz?
Cartagena ya suma siete homicidios en apenas cuatro días de febrero, luego de cerrar enero con 26 asesinatos, cifras que desdibujan cualquier discurso oficial sobre control, disuasión o reducción del delito. El sicariato no se esconde, no actúa en la clandestinidad: opera en calles concurridas, frente a viviendas, parques y vías principales, con una logística que evidencia organización y dominio del territorio.
Mientras tanto, las comunidades siguen atrapadas entre el miedo, el silencio obligado y la normalización de la muerte. Cada nuevo asesinato no solo enluta a una familia, sino que profundiza la sensación de que la ciudad está siendo gobernada por el plomo, no por la ley.
La pregunta que queda flotando, tras este martes violento, no es cuántas anotaciones tenía una víctima o qué apodo circula en el barrio. La pregunta de fondo es cuántos muertos más necesita Cartagena para que la seguridad deje de ser un discurso y se convierta en una política real, visible y efectiva.
Porque cuando el sicariato mata cuatro veces en un solo día, el mensaje es claro y brutal: los criminales se sienten cómodos, confiados y sin oposición real. Y eso, en cualquier ciudad, es una señal inequívoca de alarma institucional.




