Santiago José Coronel Altamiranda tenía 31 años, un nombre, afectos, historia y personas que hoy lo lloran. Pero en la noche del martes 3 de febrero, en Escallón Villa, su vida quedó reducida a otra escena de sicariato, otro cuerpo tendido en el pavimento y otro video viral que circula como prueba brutal de una ciudad que se está acostumbrando a la muerte.
“Ve con Dios mi ‘pelao’… me has dejado con un dolor muy grande”, escribió alguien que lo quiso. Ese mensaje, perdido entre decenas de publicaciones en redes sociales, resume mejor que cualquier informe oficial lo que dejó su asesinato: dolor, vacío y una sensación de miedo que se multiplica barrio tras barrio.
Santiago caminaba por la carrera 57, en la parte posterior del colegio Soledad Román de Núñez, cuando dos hombres en motocicleta lo abordaron. El parrillero bajó el arma y disparó a quemarropa, sin palabras, sin advertencia, sin piedad. Dos impactos sellaron su destino.
Quedó agonizando frente a una multitud que no pudo hacer nada más que mirar, grabar y esperar a que la Policía acordonara la escena. Minutos después, murió. Así, de forma fría y rápida, como vienen ocurriendo los asesinatos en la ciudad ante la mirada indiferente de las autoridades.
Santiago era un cartagenero más atrapado en una ciudad donde la línea entre sobrevivir y morir se volvió peligrosamente delgada. El crimen fue el cuarto homicidio del martes, una jornada marcada por la violencia en Olaya Herrera, El Nazareno, Plan 400 y Escallón Villa. Cuatro crímenes, distintos barrios, el mismo patrón: motos, sicarios y huida limpia.
La pregunta ya no es quién fue el último en morir, sino cuántos más faltan. Cartagena suma homicidios como quien suma días en el calendario, mientras los anuncios de seguridad contrastan con una realidad donde el sicariato actúa con absoluta confianza.
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La muerte de Santiago Coronel Altamiranda no es un hecho aislado. Es parte de una cadena de violencia que revela una ciudad fracturada, donde la vida vale cada vez menos y la respuesta institucional llega siempre después, cuando ya no hay nada que salvar. Hoy su nombre se suma a la lista de víctimas. Mañana puede ser otro. Y mientras tanto, Cartagena sigue contando muertos, esperando que el dolor ajeno no termine siendo costumbre.




