El reloj marcaba las cuatro de la tarde de un viernes de agosto de 2002 cuando llegó el reporte. La voz al otro lado del teléfono traía consigo el peso de una noticia que, en aquellos años, se repetía con demasiada frecuencia en los Montes de María: la guerrilla había sacrificado decenas de reses en una finca de Pajonal, zona rural del municipio de San Onofre, Sucre.
En ese entonces yo trabajaba como corresponsal y camarógrafo de Noticias RCN. Mi compañera era la periodista Yadira Perdomo. Como ocurría muchas veces en la provincia, las noticias no esperaban. Tampoco daban tiempo para pensar demasiado en el peligro. Pedimos de inmediato un taxi que nos llevara hacia el lugar.
La noticia pronto dejó de ser solo nuestra. En el camino se sumaron los corresponsales de Noticias Caracol: la periodista Ibeth Salazar y su camarógrafo Dairo Hernández. Todos sabíamos que ir a cubrir ese hecho implicaba riesgos, pero también entendíamos que alguien tenía que contar lo que estaba pasando.
El taxi avanzaba a toda velocidad por la vía al mar rumbo al norte de Sucre. Lo conducía Hugo Díaz, a quien cariñosamente llamábamos “El Gordo”. Hombre de confianza, llevaba el acelerador al límite mientras el sol empezaba a descender sobre los Montes de María.
Llegamos a San Onofre poco antes de las seis de la tarde. Desde allí tomamos rumbo hacia Pajonal. A pocos metros de la entrada al corregimiento, varios campesinos nos detuvieron. La finca quedaba monte adentro. El carro no podía pasar. El camino era apenas una trocha abierta entre potreros y monte espeso. Entonces apareció una oportunidad inesperada.
Un tractor avanzaba lentamente cargando dos reses en un zorro de madera. Eran parte del ganado que la guerrilla había sacrificado a tiros. Según los habitantes de la zona, el dueño de la finca se había negado a pagar la extorsión impuesta por hombres del frente 35 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Le pedimos permiso al conductor y aceptó llevarnos.
El tractor se internó en la trocha. Durante casi cuarenta minutos avanzamos por caminos polvorientos y maleza. El sol se ocultaba lentamente. En esta región del Caribe la luz tarda en irse, pero el campo guarda silencios que anuncian peligro. Dairo Hernández iba sentado en el guarda barro de la enorme llanta trasera del tractor. Nosotros viajábamos en la chaza del zorro.
Cuando finalmente llegamos a la finca, el tractor apenas cruzaba el portón de madera que daba acceso a los corrales. Del otro lado nos esperaba una escena desoladora: decenas de vacas yacían tendidas en el suelo. Las habían abatido a tiros desde la madrugada. Bajo el sol inclemente de los Montes de María, los cuerpos comenzaban a hincharse y las moscas ya formaban un zumbido espeso sobre la carne inmóvil.
El conductor avanzaba despacio, casi con cautela, como si también percibiera que algo en ese silencio no estaba bien. El motor del tractor rugía bajo, mientras las llantas aplastaban la tierra seca del camino. Entonces ocurrió. La llanta delantera pisó algo oculto entre el polvo y la hierba: una mina quiebra-patas enterrada en la trocha. El estallido fue brutal. Un estruendo que desgarró el silencio del atardecer y sacudió el aire como un latigazo. Durante un segundo el tiempo pareció detenerse: el motor quedó suspendido en el eco de la explosión, las voces se apagaron, el viento se quedó quieto. Luego llegó el caos. Corrí instintivamente hacia un hueco sin apagar la cámara. Mi único reflejo fue grabar. A mi alrededor la gente gritaba, corría, lloraba. Algunos se lanzaban al suelo buscando refugio entre la tierra y los corrales.
Minutos antes, Dairo Hernández se había bajado del guarda barro del tractor. Ibeth Salazar le había pedido que se pasara al zorro para estar más seguros. Él aceptó sin discutir. En su lugar se subió el ayudante del conductor, la explosión le reventó el tímpano y la sangre comenzó a brotarle por el oído, resbalando lentamente por la mejilla hasta mancharle la camisa. El hombre se llevó la mano a la cabeza, confundido, sin entender qué había ocurrido. Nosotros tampoco.
Dairo Hernández se arrodilló y empezó a rezar. Ibeth Salazar también. Yadira Perdomo temblaba mientras intentaba mantener la calma, yo seguía grabando, aún recuerdo el sonido del viento entre los corrales, el olor de la pólvora mezclado con el de los animales muertos y la sensación de que en cualquier momento podía venir otra detonación.
Alguien, en medio del desespero, gritó: —¡Salgamos de aquí! La noche empezaba a caer. Caminamos cerca de cinco kilómetros por la trocha hasta que los celulares recuperaron señal. Yadira logró comunicarse con el noticiero en Bogotá. Al otro lado respondió el coordinador de emisión, Enrique Buenolindo, quien alertó a las autoridades.
La reacción fue inmediata. Desde la Regional Ocho de la Policía Nacional de Colombia en Barranquilla se activó un operativo aéreo. Un helicóptero y un avión de reconocimiento sobrevolaron la zona para verificar que no hubiera guerrilleros ni más explosivos. Cuando el helicóptero aterrizó, el alivio fue tan grande que nadie habló. Solo nos miramos. Habíamos salido con vida.
Nos trasladaron a la Primera Brigada de Infantería de Marina. Desde allí nos llevaron a Telecom para enviar el material por microondas. La noticia finalmente salió al aire. La historia quedó registrada.
Sin embargo, aquella experiencia también dejó una reflexión amarga dentro del propio gremio periodístico de la región. Días después, en medio de los comentarios sobre lo ocurrido, el periodista del diario Meridiano, Pacho Hoyos, lanzó una frase que todavía resuena en la memoria de quienes estuvimos allí. Refiriéndose a los corresponsales que habíamos ido a cubrir la noticia, dijo: “Está muy bueno que les haya pasado eso a las puercas monas por no avisar e irse solas”.
Aquellas palabras evidenciaron que, incluso dentro del oficio, a veces faltan la solidaridad y la comprensión frente a los riesgos que implica ejercer el periodismo en zonas de conflicto, pero esa noche entendí algo que ningún manual de periodismo enseña: «hay momentos en los que la muerte respira tan cerca que parece hablarte al oído».
Han pasado más de dos décadas desde aquel día en los Montes de María. Hoy, cuando recuerdo esa escena —las reses muertas, el estallido, la sangre del campesino, las oraciones en medio del miedo— comprendo que aquella crónica no era solo una noticia. Era el retrato de una época en la que la violencia marcaba la vida rural y en la que grupos armados ilegales como los frentes 35 y 37 de las FARC imponían su ley a través del terror, la confusión y el pago obligado de la vacuna.
En aquellos años, muchas fincas fueron castigadas de la misma manera: si no se pagaba, el mensaje llegaba en forma de dinamita o de ganado abatido a tiros.
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Los Montes de María vivieron tiempos difíciles. Con el paso de los años la región empezó a cambiar. Operaciones militares y políticas de seguridad impulsadas durante el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez redujeron la presencia de estos grupos armados en buena parte del territorio. Hoy la vida intenta abrirse camino otra vez entre estas montañas hermosas pero quienes estuvimos allí sabemos que la memoria no se borra.
Aquella tarde de 2002 aprendí que el periodismo en zonas de conflicto no se mide solo en primicias ni en segundos al aire. Se mide en decisiones tomadas en segundos, en la valentía de contar lo que otros quieren ocultar y en la responsabilidad de dejar testimonio para que las víctimas no queden en el silencio.
Porque cuando el deber llama, el miedo no desaparece, simplemente se hace a un lado y uno sigue adelante, incluso cuando la muerte —como aquella tarde— respira al pie de la oreja.



