Hubo un tiempo en que la radio no era solo un aparato: era una autoridad. Crecí en Sincelejo, cuando la radio mandaba. No había muchas pantallas, no había internet, y la televisión apenas asomaba como un lujo distante, en blanco y negro. La información viajaba por el aire y aterrizaba en forma de voces. Voces que uno respetaba. Voces que uno creía.
En mi casa, el radio nunca se apagaba. Mi papá lo encendía desde temprano y lo dejaba ahí, como si fuera un miembro más de la familia. Al mediodía sonaban los noticieros; en la tarde, programas de todo tipo: desde informativos hasta espacios de hierbateros, de esos que parecían tener respuesta para todo. La radio lo era todo: compañía, noticia, entretenimiento y poder.
Había un locutor —Miguel Salcedo Vergara— que convertía cada noticia en una urgencia. No importaba si era grande o pequeña: todo era “¡Atención, urgente!”. Y eso bastaba para que medio pueblo se detuviera. Así funcionaba la radio en esa época: lo que se decía al aire tenía peso.
En la casa también había una tienda, y por ahí pasaban locutores buscando pauta —lo que entonces llamaban cuñas radiales—. Para mí, verlos era como ver celebridades. Nombres como Aurelio Jiménez, Orlando Martínez Castro, David Bertel Ortega y Domar Gutiérrez Alandete eran parte del paisaje sonoro de Sincelejo. Pero también eran figuras casi míticas. Domar, en particular, era un ícono, tenía un programa de complacencias los sábados y una voz grave que imponía respeto. En mi casa, cuando cumplíamos años, mi papá le enviaba una carta con cinco mil pesos dentro de un sobre. “Para que felicite al niño” y cuando Domar lo decía al aire, uno sentía que el mundo entero lo estaba escuchando, porque en esa época, cuando un locutor llegaba a un lugar… era como si entrara un presidente.
Hay escenas que no se borran. Yo estaba sentado en el andén de la casa, en el barrio Paraíso Puerta Roja. Corría el año 1989. Ya había televisión, sí, pero la radio seguía siendo más inmediata, más viva. De pronto, la voz cambió y lo dijo: habían asesinado a Luis Carlos Galán en Soacha, Cundinamarca. Yo estaba distraído, pensando en cosas de adolescente. No entendía la magnitud del hecho. Pero sentí algo, un silencio extraño como si el mundo se hubiera detenido.
La radio tenía ese poder: te estremecía, te metía en la historia sin pedir permiso. Y entonces llegaron los comentarios de los vecinos, hombres mayores que hablaban con rabia, con tristeza, con memoria y sin darme cuenta, esa noticia empezó a crecer dentro de mí.
Con los años, la vida fue haciendo sus vueltas. Aquel Miguel de la radio terminó siendo mi padrino. Y otro hombre de ese mismo mundo, Antonio Contreras, también lo fue. Recuerdo esas tardes largas: música suave, cerveza fría, algo de comer, y nosotros sentados en taburetes mientras el sol caía lento. Ellos hablaban de la radio como un arte, como una disciplina, como algo que había que respetar. Yo escuchaba en silencio, sin saberlo, ya me estaban formando.
Un día, caminando por el barrio Pioneros, vi un letrero que me cambió la vida: “Escuela Superior de Locución y Periodismo”. Sentí que eso era lo mío, todavía estaba en el colegio, pero entré sin dudarlo, allí conocí a Manuel Esteban Polo, un hombre de voz impecable. Me escuchó leer y me dijo: “Tienes buen tono, puedes ser un buen locutor”. Y ahí empezó todo.
De la cabina de prácticas pasé a una emisora real: Radio Sincelejo. Recuerdo la primera vez. Le avisé a toda mi familia. Era un programa especial por el Día de la Madre. Media hora al aire… junto con dos compañeros mas, pero en el barrio fue como si hubiera salido en televisión nacional. Leí cuñas. Incluso la de la tienda de la casa. Ese día entendí algo fundamental: ya no era solo oyente, empezaba a ser parte de ese mundo.
Después vino Cartagena y con ella, nuevas oportunidades: Radio Mundial La Auténtica, Radio Bucanero, Emisoras Todelar, hasta llegar a Colmundo Radio donde comenzó lo serio, noticias a las cuatro de la mañana. disciplina, rigor. Fue entonces cuando apareció otra figura clave: Manuel Peralta Pérez. Él me dijo algo que cambió mi rumbo: “No te quedes solo como locutor. Tienes que ser periodista” Y tenía razón, porque la radio no era solo hablar bonito era contar, entender y conectar.
- También puedes leer: UN VIAJE EN EL TIEMPO | «El Valor de las crónicas que resucitan el pasado»
Hoy todo ha cambiado. La radio sigue, pero ya no manda como antes. Llegaron la televisión, el internet, las redes. Las voces se multiplicaron y el silencio perdió espacio, pero algo permanece. Cada 24 de marzo, cuando se celebra el Día del Locutor, regreso a ese joven sentado en el andén, escuchando sin entender del todo… pero sintiendo que en esas voces que llegaban desde Bogotá había algo grande y lo había. Ahí empezó todo. Después vendrían más historias: la radio, la televisión, la prensa escrita… una vida contada al aire, pero esa —esa— será otra crónica.




