En Colombia, cada 24 de marzo no solo se celebra una profesión. Se honra un oficio silencioso, casi invisible, pero profundamente poderoso: el de quienes han hecho de la palabra un puente y de la voz un refugio. Es el Día del Locutor, sí, pero también es el día de quienes han acompañado la vida de un país desde el otro lado del micrófono. Porque la radio —esa que no se toca, que no se ve— tiene una forma distinta de existir.
Se mete en la casa sin pedir permiso. Se queda en la cocina, en el taller, en el bus, en la madrugada. Y en el centro de esa presencia constante está la voz: esa que informa, educa, entretiene… y que, muchas veces, consuela. Hubo momentos en Colombia en los que la incertidumbre parecía más grande que todo y ahí estaba la radio.
En los rincones más apartados, donde no llegaban las pantallas ni las señales modernas, una voz rompía el silencio. Una voz que llevaba noticias a través de las ondas hertzianas pero también esperanza. Que narraba tragedias, pero también resistencias. Que le recordaba a la gente que no estaban solos. Porque un locutor no solo habla, un locutor acompaña.
Ser locutor es un acto de creación. Es construir imágenes sin cámaras. Es describir paisajes que solo existen en la imaginación del oyente. Es darle forma a lo intangible. Cada palabra tiene peso, cada silencio también y en ese equilibrio, el locutor se convierte en algo más que un comunicador: se vuelve narrador de vidas, intérprete de emociones, testigo de su tiempo.
Colombia ha sido tierra de grandes voces. Voces como la de Otto Greiffenstein, Juan Harvey Caicedo, Gloria Valencia de Castaño, junto a voces contemporáneas como William Vinasco Ché y Julio Sánchez Cristo. Otras como la Alberto Piedrahita Pacheco, Jorge Eliécer Torres, Carlos Pinzón Moncaleano, pionero de la radiodifusión moderna, la de Yamid Amat, Juan Gossaín Abdala, sinónimos de credibilidad; o la de Jorge Barón, que comenzó en la radio antes de conquistar la televisión. También están Hernán Peláez Restrepo, cuya voz marcó generaciones de oyentes deportivos y Édgar Perea, cuya pasión convirtió cada narración en una experiencia vibrante. Ellos son parte de la memoria sonora del país, pero no son los únicos porque la radio también se construye desde lo local. Desde lugares como Sincelejo, capital de Sucre, donde la voz del locutor no es solo un sonido: es identidad, es cercanía, es comunidad.
Allí han nacido voces que marcaron historia: Manuel Medrano Barragan, Aurelio Gómez Jimenez, David Bertel Ortega, Emilio Núñez Orozco, Francisco Vega, Jaime Gómez Jiménez, Hugo Mauricio Bohórquez, Silvio Cohen Aguilera, Domar Gutiérrez Alandete y la sensibilidad inconfundible de Marly Vieira, entre muchos otros. Voces que siguen siendo— gigantes en su territorio, voces que conocen a su gente por nombre y voces que hacen sentir hogar.
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Es imposible no detenerse en figuras como José Fernández Madrid, cuya voz se convirtió en sello de profesionalismo; Antonio José Caballero, referente para generaciones; y Rafael Vergara Navarro, cuya trayectoria sigue resonando en la memoria colectiva. Ellos representan algo más grande que una carrera, representan una vocación.
Hoy, en un mundo dominado por la imagen y la inmediatez, la radio sigue viva y lo está gracias a ellos; a quienes madrugan cuando el país aún duerme, a quienes trasnochan para que otros no se sientan solos, a quienes desde una cabina, logran que la distancia desaparezca. Porque mientras exista una voz dispuesta a contar una historia…
habrá alguien atento a escucharla.
Este no es solo un homenaje, es un agradecimiento a esas voces que han narrado nuestras alegrías y tristezas. A quienes han sido testigos de nuestras vidas sin que muchas veces los veamos. A quienes han convertido un micrófono en un puente entre corazones. Hoy celebramos a quienes le han dado alma a la radio. A quienes demostraron que no se necesita una pantalla para emocionar, sino una historia… una voz… y el corazón dispuesto a contarla.




