En marzo conmemoramos el Día de la Mujer como un acto de reconocimiento y memoria hacia la lucha histórica de los movimientos feministas. Celebramos los avances alcanzados, pero también asumimos una realidad innegable: tras décadas de esfuerzos, aún persisten el temor, la desigualdad y la inequidad de género.
Sin embargo, esta no es una publicación más sobre el Día de la Mujer. Hoy quiero visibilizar la realidad del hombre y todo lo que ha debido soportar debido a las masculinidades hegemónicas instaladas en nuestro constructo social durante siglos. Y es que el machismo no solo nos ha afectado a las mujeres.
Históricamente, a los hombres se les ha exigido ser fuertes, valientes, proveedores e incluso violentos para “demostrar” su masculinidad. Paradójicamente, muchas mujeres, en su rol de criadoras, han replicado —muchas veces de forma inconsciente— estos mismos patrones en sus hijos varones.
Hoy quiero decirte a ti —hijo, esposo, padre, hermano, sobrino, amigo o consultante—: no tienes que ser un “superhombre”. No tienes que encajar en el sinfín de estereotipos que una sociedad machista te ha impuesto; no tienes que ocultar tus emociones, tu tristeza o tu dolor. La sensibilidad es una característica humana, independiente del género o la orientación.
No tienes la obligación de ser el único proveedor. El desempleo es una realidad que nos afecta a todos, y la familia, al igual que la pareja, se construye sobre el trabajo en equipo y la cooperación.
Tampoco tienes que vestir de azul, jugar con carros, ver fútbol o saber de construcción solo por mandato cultural. Los colores, los oficios y los juegos son simplemente eso: expresiones humanas que no conocen de género.
Sumado a estos estereotipos, en la sexualidad has cargado con el peso de mostrarte siempre rudo y fuerte; de tener siempre la iniciativa y el deseo; de responder siempre con una “buena erección”, un “gran tamaño” o un control absoluto de la eyaculación. Cuando algo no cumple con estas expectativas, es común que sientas que pierdes tu valor o tu “hombría”.
Desde mi condición de mujer, hija, hermana, tía, madre, esposa, profesional y persona, hoy alzo mi voz e invito a estos “superhombres” —y a la sociedad en general— a romper estereotipos, a reescribir la masculinidad y a liberarnos del machismo.
Contrario a lo que se nos ha enseñado, mostrar los sentimientos no es signo de debilidad ni pérdida de gallardía. Al contrario, es un acto de profunda valentía intentar hacerlo diferente a lo socialmente esperado. Sé tú mismo y vive feliz, sin hacer ni hacerte daño.
Como madres que criamos hijos varones, nuestro compromiso es educar en el respeto, los límites y la empatía. Reconocer y aportar nuestro grano de arena a las luchas actuales es trabajar por una sociedad más justa, donde la dignidad humana no distinga géneros.



