“El Tigre” rugió en Sucre. Recorrió las riberas del río, sintió la frescura de las sabanas y puso en evidencia el trabajo de los artesanos. No llegó con promesas vacías: escuchó, observó y construyó conexión.

La reciente visita del candidato presidencial Abelardo de la Espriella Otero al departamento de Sucre no pasó desapercibida. Y no podía hacerlo. Su recorrido, cargado de simbolismo político y sensibilidad territorial, inició en el corazón espiritual de la región: la Basílica del Señor de los Milagros, en el municipio de San Benito Abad, uno de los principales epicentros de fe católica del país.
En ese escenario representó una señal clara de respeto por las tradiciones que sostienen la identidad del Caribe colombiano. En medio de la diversidad de reacciones, lo cierto es que el candidato optó por acercarse a la gente en su propio contexto, reconociendo que la política también pasa por entender las raíces culturales y espirituales de los territorios.
Hay regiones donde la política exige algo más que discursos estructurados: requiere autenticidad. Sucre es una de ellas. Aquí, la palabra se valida en la historia y la cercanía pesa más que cualquier estrategia comunicativa. En ese sentido, la visita de De la Espriella trasciende el acto de campaña: proyecta a un candidato que entiende que gobernar implica primero escuchar.
Su agenda, que comenzó en la espiritualidad de San Benito Abad —junto a su familia— y continuó en el corazón artesanal de Sampués, deja una imagen consistente: la de un liderazgo que pisa territorio, que dialoga sin intermediarios y que reconoce el valor de lo local como base del desarrollo nacional.
En Sampués, donde cada hebra de caña flecha encierra historia, identidad y resistencia cultural, el mensaje fue claro y pertinente. De la Espriella no habló en abstracto; puso sobre la mesa una visión concreta: dignificar el trabajo artesanal, fortalecer su estructura productiva y abrir oportunidades reales en los mercados.
Más que una promesa, se trató de un planteamiento alineado con una deuda histórica del Estado colombiano. La artesanía, durante décadas invisibilizada, representa hoy una oportunidad estratégica para dinamizar la economía popular. Allí, donde no llegan las grandes cifras, sí llegan el esfuerzo, la tradición y el sustento de miles de familias.
El candidato fue enfático: su eventual gobierno impulsaría políticas de fortalecimiento al sector, promovería la apertura de mercados y garantizaría un respaldo institucional efectivo a pequeños productores y emprendedores. Este enfoque no solo responde a una necesidad económica, sino que reconoce el valor cultural como activo productivo.
Sampués, cuna del sombrero vueltiao y símbolo nacional, encuentra en este tipo de propuestas una posibilidad real de transformación. No se trata únicamente de proteger una tradición, sino de integrarla a cadenas de valor más competitivas, con acceso a financiamiento, comercialización justa y proyección internacional.
La estrategia del candidato en la región Caribe refleja una lectura política acertada. Este territorio no solo define elecciones; también representa el pulso de una Colombia que exige ser escuchada. Apostar por el Caribe es apostar por la construcción de mayorías desde la base social, desde la identidad y desde la economía popular.
Pero más allá de la estrategia, lo que marca la diferencia es la coherencia entre discurso y actitud. En Sucre, De la Espriella mostró una forma de hacer política que privilegia la cercanía, el respeto y la escucha activa. No se trató de imponer un mensaje, sino de construirlo desde el territorio.
En síntesis, su visita deja una señal clara: hay una intención de conectar con el país real, con sus necesidades y sus potencialidades. Más que una gira, fue un ejercicio de reconocimiento mutuo entre candidato y ciudadanía.
En Sampués no se necesitan más diagnósticos, sino decisiones. Y en esa dirección, la propuesta de De la Espriella plantea una hoja de ruta que, de materializarse, podría traducirse en oportunidades concretas para miles de artesanos.
Porque en la Colombia profunda, el liderazgo no se mide por lo que se dice en campaña, sino por la capacidad de entender, representar y transformar la realidad de la gente. Y en Sucre, “El Tigre” dio un paso firme en esa dirección.



