Néstor Lorenzo, director técnico de la Selección Colombia, recibe por sus servicios una suma cercana a los 10 mil millones de pesos colombianos anuales. Una cifra considerable que inevitablemente despierta cuestionamientos cuando el rendimiento del equipo no logra responder a las expectativas de la hinchada, especialmente ante el desafío que representa el Copa Mundial de la FIFA 2026.
Estoy convencido de que esta selección atraviesa uno de sus momentos más discutidos desde que sigo el fútbol. En Colombia no han vuelto a coincidir, en una misma generación, jugadores con el peso histórico de Carlos Valderrama, Faustino Asprilla, Leonel Álvarez, Óscar Córdoba o Radamel Falcao García, entre muchos otros que marcaron época. Más que una involución absoluta, lo que parece evidenciarse es una dificultad para consolidar procesos sólidos y continuos que garanticen competitividad sostenida.
La División Mayor del Fútbol Colombiano sabe que el desarrollo del fútbol nacional depende, en buena medida, del fortalecimiento de los clubes y de una política deportiva que combine talento local con inversión estratégica. La contratación de jugadores extranjeros competitivos ha sido, históricamente, un factor que elevó el nivel del torneo y estimuló la evolución del talento colombiano. La hinchada se lo merece, pero la prudencia financiera —o, como muchos la perciben, la falta de inversión— continúa siendo una barrera recurrente.
Bajo este panorama, el temor de que la selección enfrente dificultades en competiciones internacionales no resulta descabellado. Sin embargo, el problema no puede reducirse a resultados aislados: se trata de revisar la estructura del fútbol nacional, desde las divisiones menores hasta la gestión directiva.
El fútbol es un deporte maravilloso; ese mismo que apasionaba al escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de la obra Fútbol a sol y sombra. En sus páginas se habla del «fútbol bonito», donde se privilegiaban los pases cortos, la creatividad y la elegancia, antes de que la velocidad y la exigencia física dominaran el juego moderno.
El fútbol del ayer y sus grandes figuras quedaron tatuados en la memoria colectiva de los aficionados, que aún recurren a los archivos audiovisuales para revivir las jugadas del legendario Pelé, de Garrincha, de Ronaldo Nazário o del genio Ronaldinho.
Tal vez no se trate de idealizar el pasado ni de descalificar el presente, sino de entender que el fútbol colombiano necesita algo más que nostalgia: requiere planificación, inversión y liderazgo. Porque la historia demuestra que el talento colombiano existe; lo que hace falta es construir el camino para que vuelva a brillar con la fuerza que alguna vez hizo vibrar a todo un país.



