«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.» (Salmo 46:1)
Cada amanecer de domingo nos ofrece una nueva oportunidad para detener el ritmo acelerado de la vida y escuchar la voz de Dios. En medio del ruido de las noticias, de los conflictos políticos, de las guerras que desangran naciones enteras, de la violencia que enluta hogares y de la incertidumbre que invade el corazón de millones de personas, el Señor continúa pronunciando las mismas palabras que hace más de dos mil años: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo» (Isaías 41:10).
Vivimos tiempos complejos. El mundo contempla con angustia conflictos armados que parecen no tener fin. Familias enteras son desplazadas de sus hogares, niños crecen bajo el estruendo de las explosiones y miles de seres humanos pierden la vida cada día como consecuencia del odio, la ambición y la intolerancia. En muchos lugares, la paz parece un sueño distante y la dignidad humana es puesta a prueba.
Colombia tampoco es ajena a esa realidad. Nuestra Nación continúa enfrentando enormes desafíos. La violencia sigue arrebatando vidas, el crimen afecta a numerosas regiones, las diferencias políticas profundizan la polarización y la incertidumbre genera preocupación sobre el futuro del país. Sin embargo, ninguna crisis es más grande que el poder de Dios.
El apóstol Pablo nos dejó una exhortación que hoy cobra una vigencia especial: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).
Frente a las dificultades, la respuesta del creyente no puede ser el miedo ni el desaliento. Tampoco el odio, la descalificación o el deseo de venganza. Jesús fue claro cuando dijo: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios« (Mateo 5:9). El cristiano está llamado a construir puentes donde otros levantan muros y a sembrar esperanza donde parece reinar la desesperación.
Quizá nunca había sido tan oportuno recordar la oración atribuida a San Francisco de Asís: «Señor, hazme un instrumento de tu paz; donde haya odio, que yo lleve amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya desesperación, esperanza.» Esa debería ser también la oración cotidiana de cada colombiano.
El próximo 7 de agosto, Colombia iniciará una nueva etapa institucional. Más allá de las diferencias ideológicas o de las preferencias políticas, los colombianos estamos llamados a orar para que esta transición se desarrolle en paz, con respeto por la Constitución, por la democracia y por el bienestar de todos los ciudadanos. La Palabra de Dios nos exhorta: «Exhorto ante todo a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que vivamos quieta y reposadamente» (1 Timoteo 2:1-2).
No se trata de orar por un partido político ni por una corriente de pensamiento. Se trata de orar por Colombia. Oremos por nuestros soldados y policías que arriesgan su vida para proteger a los ciudadanos. Oremos por los médicos, enfermeros y demás trabajadores de la salud que luchan cada día por salvar vidas. Oremos por los campesinos que con esfuerzo alimentan al país. Oremos por quienes hoy sufren enfermedad, desempleo o soledad; por las viudas, los huérfanos, las familias desplazadas y por todos aquellos que han perdido la esperanza.
Oremos también por quienes nos han ofendido. El perdón no cambia el pasado, pero sí transforma el corazón de quien decide concederlo y abre el camino hacia un futuro diferente.
La Madre Teresa de Calcuta afirmaba que «la paz comienza con una sonrisa», mientras que León Tolstói escribió: «Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.» Ambas reflexiones nos recuerdan que las grandes transformaciones siempre comienzan en el interior de cada persona.
Este domingo, antes de preocuparnos por aquello que escapa a nuestro control, levantemos la mirada al cielo. Abramos las Sagradas Escrituras, reunamos a nuestra familia, demos gracias por el don de la vida y practiquemos el bien sin esperar recompensa, recordando las palabras de Jesús: «Así que, todas las cosas que quieran que los hombres hagan con ustedes, así también hagan ustedes con ellos» (Mateo 7:12).
Que Colombia vuelva sus ojos a Dios. Que nuestras decisiones sean guiadas por la sabiduría y no por el resentimiento. Que la reconciliación encuentre espacio donde hoy existe división. Que la justicia prevalezca sobre la violencia, que la verdad venza a la mentira y que el amor sea más fuerte que el odio.
Porque cuando el ser humano reconoce sus límites, comienza a descubrir la grandeza de Dios. Mientras exista una familia reunida para orar, un creyente dispuesto a tender la mano al necesitado y un corazón abierto a la voluntad del Señor, siempre habrá esperanza para Colombia y para el mundo.
Que Dios bendiga nuestra Nación, ilumine a quienes tienen la responsabilidad de gobernarla, fortalezca a su pueblo y nos conceda el precioso don de la paz. Amén.



