Chengue no fue una sorpresa. Fue, como tantas tragedias en Colombia, una masacre anunciada. Han pasado veinticinco años desde la madrugada del 17 de enero de 2001, pero en la memoria del Caribe profundo aún retumba el golpe seco de las piedras, el silencio espeso de la noche y el abandono absoluto del Estado. Chengue no murió de repente: lo fueron matando poco a poco, entre advertencias ignoradas, miedos acumulados y una violencia que ya rondaba el territorio como una sombra inevitable.
Yo no estuve allí esa noche. Pero he escuchado demasiadas veces el mismo relato. Siempre igual. Siempre distinto. Contado con voces quebradas, con pausas largas, con miradas que todavía esquivan el recuerdo.
Chengue, corregimiento del municipio de Ovejas, Sucre, era un pueblo campesino, humilde y trabajador, atrapado en medio de una guerra que otros decidieron librar sobre sus casas, sus patios y sus vidas. Allí, como en tantos rincones del país, la gente sabía que algo malo podía pasar. Lo sabía. Pero no tenía cómo evitarlo.

Las amenazas no eran nuevas. Desde meses atrás circulaban rumores persistentes sobre incursiones paramilitares en la subregión de los Montes de María. Las Autodefensas Unidas de Colombia ya habían dejado su huella de sangre en pueblos cercanos. Había listas, señalamientos, estigmatizaciones. Bastaba con que alguien fuera acusado —sin pruebas— de colaborar con la guerrilla para quedar sentenciado. En Chengue, el miedo se volvió cotidiano, pero también lo fue esa esperanza ingenua y fatal: “aquí no va a pasar nada”. Pero pasó.
Esa madrugada, cerca de 60 hombres armados, pertenecientes al Bloque Héroes de los Montes de María, al mando de Rodrigo Mercado Peluffo, alias “Cadena”, ingresaron al corregimiento. No hubo combate. No hubo resistencia. Hubo control absoluto. Reunieron a los habitantes en la plaza, sacaron a los hombres de sus casas, los señalaron, los separaron. La muerte no llegó con balas. Llegó con piedras, martillos y golpes brutales. Querían sembrar terror. Querían dejar un mensaje. Y lo dejaron, grabado a sangre.
Veintisiete campesinos fueron asesinados de manera atroz. Padres, hijos, hermanos. Hombres humildes, muchos de ellos sin más delito que haber nacido y vivido allí. Los testimonios coinciden en la crueldad: los gritos, los ruegos, el sonido seco de los impactos contra los cuerpos. Las mujeres y los niños obligados a presenciar el horror. Las casas incendiadas. El pueblo convertido en escenario de barbarie.
Los victimarios se marcharon como llegaron: con absoluta impunidad. Durante horas, nadie apareció. Ni Ejército, ni Armada, ni Policía, ni autoridad alguna. Chengue quedó solo. Desangrado. Roto. Al amanecer, los sobrevivientes comenzaron a huir. El desplazamiento fue inmediato y masivo. Chengue se vació. La masacre no solo mató personas: mató el tejido social, la confianza, el arraigo.
Las causas fueron muchas. Y todas conocidas. Una región estratégica disputada por guerrillas y paramilitares. Un Estado ausente. Una doctrina del enemigo interno que convirtió al campesino en sospechoso permanente. La masacre de Chengue fue presentada por los paramilitares como un “castigo ejemplar” contra supuestos colaboradores de las FARC. Años después, la justicia demostró lo evidente: la mayoría de las víctimas no tenía ningún vínculo con grupos armados.

Alias “Cadena” sería abatido en 2005, sin responder plenamente ante la justicia por Chengue. Otros responsables confesaron, pidieron perdón, hablaron de órdenes superiores, de una guerra que —según ellos— todo lo justificaba. Pero ninguna versión ha logrado responder la pregunta central: ¿por qué el Estado permitió que esto ocurriera pese a las alertas? Porque Chengue, insisto, fue una masacre anunciada.
He hablado con sobrevivientes que regresaron años después. Me dicen que el pueblo nunca volvió a ser el mismo. Que hay silencios que no se rompen. Que la memoria pesa más que la tierra. Que cada enero duele distinto. Chengue se convirtió en símbolo de la infamia, pero también en un recordatorio incómodo de nuestra historia reciente.
Veinticinco años después, Colombia sigue atrapada entre la memoria y el olvido. Nombrar a Chengue no es abrir heridas: es evitar que se repitan. Porque cuando las advertencias se ignoran, cuando la violencia se normaliza y cuando el Estado llega tarde —o no llega—, la historia vuelve a escribirse con sangre.
Chengue no pide venganza. Pide verdad, justicia y memoria. Porque los pueblos que olvidan están condenados a enterrar a sus muertos una y otra vez.
Han pasado 25 años. El dolor de quienes perdieron a sus seres queridos sigue intacto. El Estado, en cambio, parece estar bien gracias. Hoy, mientras un presidente que alguna vez denunció tantas injusticias guarda un silencio incómodo y destina recursos a antiguos victimarios, las víctimas siguen relegadas al abandono y al olvido. Y Chengue, desde su memoria herida, sigue esperando.




