Lo ocurrido en el Batallón de Ingenieros de Combate N.º 2 “Vergara y Velasco”, en jurisdicción de Malambo, Atlántico, no solo resulta alarmante: es una afrenta directa a la esencia misma de la institución militar. Que dentro de una unidad del Ejército Nacional se haya registrado, el sábado 17 de enero de 2026, una escena descrita por testigos como una auténtica batalla campal entre sus propios integrantes, no admite eufemismos ni silencios cómodos. Estamos ante un fracaso grave de mando, liderazgo erosionado y una cadena de comando que reaccionó tarde —o no reaccionó— frente a una crisis anunciada.
Según reportes preliminares, lo que inició como un reclamo legítimo por la deficiente y humillante calidad de la alimentación suministrada a la tropa derivó en un enfrentamiento violento, con heridos y personas capturadas. Un episodio absolutamente inadmisible en cualquier unidad militar, donde la jerarquía, la disciplina y la obediencia no son negociables, sino principios fundacionales.
Nada de lo sucedido puede presentarse como un hecho aislado o producto del azar. Las señales estaban ahí, claras y reiteradas. El 16 de diciembre de 2025 ya se había hecho pública una denuncia por presuntos abusos, malos tratos y arbitrariedades atribuidas al comandante del batallón, el coronel Roni Buitrago Vergara. Aquella alerta, lejos de provocar una intervención inmediata y contundente por parte de los mandos superiores, se perdió en la inercia burocrática de las investigaciones internas.
Cuando las advertencias se ignoran y el malestar se normaliza, el desenlace suele ser predecible: la autoridad se resquebraja, la confianza se rompe y el orden colapsa. En Malambo, ese colapso fue total y quedó expuesto ante la opinión pública.
De acuerdo con testimonios coincidentes de personal presente y fuentes internas, el detonante del estallido fue la indignación acumulada de la tropa frente a una alimentación indigna. El rancho de tropa —espacio que debería garantizar condiciones mínimas de bienestar— terminó convertido en el epicentro del conflicto.
La alimentación en las Fuerzas Militares no es un asunto secundario ni administrativo. Es un factor crítico de moral, salud y capacidad operativa. Un soldado mal alimentado es un soldado debilitado, no solo en su cuerpo, sino en su espíritu. Ignorar esta realidad equivale a desconocer los principios más elementales del mando militar. La magnitud de la crisis quedó evidenciada en el balance de heridos, que incluyó a personal de distintos rangos:
- Un Sargento Segundo.
- Un Cabo, quien terminó inconsciente tras ser atacado con piedras y múltiples golpes.
- Un Soldado del contingente SL18.
Este detalle es quizás el más inquietante: la violencia no distinguió jerarquías. No se trató de una protesta verbal ni de un acto aislado de indisciplina, sino de agresiones físicas severas entre miembros de una misma unidad. Esto evidencia una ruptura profunda del respeto, la cohesión y la disciplina, pilares sin los cuales ninguna fuerza armada puede operar.
Testimonios coinciden en que la tensión comenzó a escalar desde las primeras horas de la mañana. Cuando la tropa intentó canalizar su inconformidad por las vías internas, la reacción del comandante fue descrita como “grosera, irracional y grotesca”. Lejos de ejercer liderazgo, escuchar y desescalar, su actitud habría actuado como detonante final del caos.
Un comandante no solo dirige operaciones: dirige personas. Su deber principal es preservar la cohesión, el orden y la moral. Cuando falla en esa tarea, no solo compromete su autoridad, sino la seguridad de la unidad y, en escenarios extremos, la estabilidad institucional.
Lo ocurrido en el Batallón Vergara y Velasco debe encender todas las alarmas en el Ejército Nacional y en el Ministerio de Defensa. Esto no es un ataque a la institución; es una defensa de su dignidad. Las Fuerzas Militares se fortalecen cuando reconocen errores, investigan con rigor y sancionan sin contemplaciones las fallas de mando que ponen en riesgo a su propio personal.
El silencio, la minimización o el cierre corporativo solo garantizarán que episodios como este se repitan, con consecuencias aún más graves. La tropa no pide privilegios: exige respeto, trato digno y condiciones mínimas para cumplir su deber constitucional.
Que en un batallón del Ejército colombiano se registre una “batalla campal” entre sus propios integrantes es, sin duda, insólito. Pero ocurrió. Y precisamente por eso no puede ni debe pasar inadvertido. La institución militar merece comandantes a la altura de su historia y soldados que confíen en quienes los lideran.
Cuando el mando falla y las denuncias se ignoran, el caos ocupa el lugar de la autoridad. Malambo es hoy un espejo incómodo que refleja lo que sucede cuando se pierde el norte del liderazgo. Corresponde ahora a la cúpula militar y a los organismos de control actuar con firmeza, transparencia y responsabilidad. La disciplina no se impone con gritos ni desprecio: se construye con ejemplo, justicia y autoridad moral.





