La inteligencia del Estado no es una dependencia burocrática más. Es el sistema nervioso de la seguridad nacional. De ella dependen la prevención de atentados, la neutralización de redes criminales, la protección de información estratégica y, en últimas, la vida de los ciudadanos y la estabilidad institucional. Colombia lo sabe bien: durante décadas ha enfrentado terrorismo, narcotráfico, crimen organizado y guerrillas, y en ese contexto la inteligencia —militar y civil— ha sido una herramienta decisiva para preservar la integridad del Estado.
Hoy, sin embargo, el país asiste a un retroceso sin precedentes: la progresiva desarticulación de su inteligencia estratégica, no por falta de recursos, sino por decisiones políticas que han privilegiado afinidades ideológicas y lealtades personales sobre la idoneidad técnica y la experiencia operativa.
Desde la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia en 2022, la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) ha sido convertida en un espacio de experimentación política, ocupado de manera reiterada por figuras cercanas al pasado insurgente del mandatario en el M-19. Esta tendencia ha debilitado la institucionalidad, erosionado la credibilidad del organismo y comprometido su función esencial: servir al Estado, no a un proyecto político.
Manuel Alberto Casanova: filosofía sin inteligencia
El primer director de la DNI bajo el gobierno Petro fue Manuel Alberto Casanova Guzmán, exmilitante del M-19 y filósofo de formación. Su nombramiento, en agosto de 2022, marcó una ruptura clara con el criterio técnico que debería regir una entidad de esta naturaleza. Casanova reemplazó a un funcionario con experiencia en seguridad e inteligencia por alguien sin trayectoria en inteligencia estratégica, contrainteligencia o manejo de amenazas complejas.
Su hoja de vida incluía trabajos en proyectos sociales, mercadeo y consultorías, incluso en la Alcaldía de Bogotá, pero carecía de cualquier experiencia relevante en el mundo de la inteligencia nacional. La DNI, creada por ley para producir inteligencia estratégica y coordinar contrainteligencia, no puede ser dirigida por aficionados, por más respetables que sean sus credenciales académicas. La filosofía puede formar pensamiento crítico; no forma, por sí sola, criterios operativos para proteger secretos de Estado.
Carlos Ramón González: corrupción y fuga
El relevo no trajo correcciones, sino una crisis mayor. Carlos Ramón González Merchán, también exintegrante del M-19 y operador político de confianza del presidente, asumió la dirección de la DNI. Su paso por la entidad fue breve, pero profundamente dañino.
González terminó vinculado a uno de los escándalos de corrupción más graves del actual gobierno, relacionado con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). Investigaciones periodísticas y judiciales lo señalaron por presuntamente participar en el desvío de recursos públicos para asegurar apoyos legislativos al Ejecutivo.
Lo verdaderamente alarmante no fue solo la denuncia de corrupción, sino el desenlace: González terminó prófugo de la justicia en Nicaragua. Que un exdirector de inteligencia nacional huya del país para evadir a las autoridades es una señal inequívoca de colapso institucional. En cualquier democracia seria, este hecho habría provocado una revisión profunda del manejo político de la inteligencia. En Colombia, no ocurrió.
Jorge Arturo Lemus: más improvisación, más escándalos
En marzo de 2025, la dirección de la DNI volvió a cambiar de manos. Jorge Arturo Lemus Montañez, otro exmilitante del M-19, asumió el cargo sin que mediara una trayectoria sólida en inteligencia, seguridad o análisis estratégico. Su perfil estaba más asociado a funciones administrativas que a la conducción de una agencia enfrentada a amenazas reales como el narcotráfico transnacional, las disidencias armadas o el terrorismo.
Bajo su gestión estalló uno de los episodios más graves de los últimos años: presuntas infiltraciones de disidencias de las FARC en estructuras de inteligencia militar y estatal, reveladas por medios de comunicación. Información confidencial habría llegado hasta alias Calarcá, permitiéndole evadir operaciones y reorganizar su accionar criminal.
Las consecuencias fueron devastadoras: investigaciones internas, suspensiones de funcionarios y una crisis de confianza que comprometió incluso la cooperación internacional en materia de seguridad.
René Guarín: el cuarto ex M-19 y la profundización del problema
En enero de 2026, el gobierno designó como director de la DNI a René Guarín Cortés, el cuarto exintegrante del M-19 en ocupar ese cargo durante este mandato. Ingeniero y especialista en tecnologías de la información, Guarín es un hombre cercano al presidente y activista de la memoria histórica por la muerte de su hermana en la toma del Palacio de Justicia.
Su nombramiento consolida una tendencia inquietante: la politización definitiva de la inteligencia nacional. No se cuestiona su dolor ni su compromiso personal, sino el criterio de selección. La inteligencia del Estado no puede convertirse en un espacio de reivindicación política, ni en un círculo de confianza personal del presidente.
Lo ocurrido en la DNI durante este gobierno no es un simple debate académico ni una diferencia ideológica. Es un problema de seguridad nacional. La rotación constante de directores sin perfil técnico, unidos por afinidades políticas y emocionales con el jefe de Estado, ha destruido la continuidad, la especialización y la confianza en una institución clave.
El costo ya es evidente: filtraciones, debilitamiento operativo, pérdida de credibilidad internacional y un peligroso aislamiento en cooperación de inteligencia. Colombia no puede permitirse que su inteligencia estratégica sea rehén de favoritismos, nostalgias insurgentes o lealtades personales.
Hoy más que nunca, el país necesita una inteligencia profesional, independiente, técnica y orientada exclusivamente a la defensa de la República. La DNI merece algo mejor que convertirse en el juguete de un gobierno obsesionado con la fidelidad política y atrapado en su propio pasado.
Y queda una pregunta incómoda flotando en el aire, de aquí al 7 de agosto: ¿Será que, al final, podremos decir aquello de “no hay quinto malo”?




