En mi experiencia clínica, una de las preocupaciones más frecuentes de las familias es cómo actuar cuando descubren a sus hijos o hijas tocándose los genitales. Es una inquietud que surge en cualquier etapa del desarrollo. Por eso, en nuestro reciente encuentro de «Píldoras Digitales para Ma-Pas» —ese espacio donde compartimos, aprendemos y tejemos redes de crianza en sexualidad y salud mental— decidimos poner este tema sobre la mesa. Para entenderlo mejor, abordémoslo por etapas.
- La infancia: el mapa del cuerpo entero
En la niñez, el término preciso es autoexploración. Antes de la pubertad no existe un cerebro erotizado. Por lo tanto, que un niño o una niña se toque, se frote, observe o muestre sus genitales a amigos de su misma edad forma parte del reconocimiento natural de su propio cuerpo y del de los demás.
Nuestro rol como adultos no es censurar, sino acompañar y guiar desde la empatía y la normalización. Es el momento ideal para enseñarles, con amor, sobre:
- Límites y espacios: identificar la diferencia entre lo público y lo privado.
- Autonomía y autocuidado: promover la higiene de las manos y de los genitales, y enseñarles que su cuerpo les pertenece, que tienen derecho a decir «no» y a identificar a sus adultos de confianza para acudir a ellos si alguna vez se sienten en peligro.
Cuando les enseñamos que sus genitales son «sucios», los prohibimos o los amenazamos con castigos, crecen excluyendo esta zona de su esquema corporal. Al «amputar» simbólicamente una parte de su cuerpo, sembramos culpa y dificultamos que, en el futuro, puedan vivir y disfrutar de una sexualidad madura y saludable.
- La adolescencia: el despertar del autoerotismo
En la adolescencia, la autoexploración adquiere una connotación de placer erótico. Es un comportamiento sexual típico que suele iniciar entre los 11 y los 12 años, impulsado por el desarrollo puberal. En esta etapa, las hormonas sexuales comienzan a dirigir los cambios físicos, biológicos y emocionales propios del desarrollo.
La masturbación o el autoerotismo adolescente cumplen funciones importantes: favorecen el reconocimiento de la propia anatomía, preparan el cuerpo para la futura vida sexual y afectiva, y ayudan a identificar qué nos gusta y qué no. Además, fortalecen la autonomía y pueden, incluso, contribuir a postergar el inicio de las relaciones sexuales con otras personas, al canalizar un interés sexual que suele aparecer antes de la edad legal de consentimiento.
En esta etapa, nuestro papel es respetar su intimidad y su autonomía. También debemos reforzar pautas claras de autocuidado, recordándoles que se trata de una conducta privada, que debe realizarse en un espacio íntimo y con una adecuada higiene para prevenir infecciones.
- ¿Cuándo deberíamos encender las alarmas?
Aunque se trata de una conducta saludable, es importante consultar con un profesional si se observan las siguientes señales:
- Se realiza de manera pública de forma persistente, incluso después de haber explicado que es un acto privado.
- Es tan compulsiva o repetitiva que genera lesiones físicas en los genitales.
- Interfiere con la vida social, escolar o familiar del adolescente.
- Se convierte en el único mecanismo para afrontar emociones intensas como la frustración, el enojo, la ansiedad o el estrés.
La sexualidad de nuestros hijos no tiene por qué ser un camino lleno de dudas, miedos o silencios incómodos. Aprender a acompañar estos procesos desde el respeto y el conocimiento científico es uno de los mayores regalos que podemos ofrecerles para fortalecer su salud mental y emocional.
Si quieres profundizar en estas herramientas, resolver tus dudas en un entorno seguro y transformar el temor en un puente de comunicación con tus hijos, te invito a unirte a nuestro programa de educación para Ma-Pas y a nuestras iniciativas de bienestar para adolescentes. Juntos aprenderemos a educar sin tabúes, acompañando con amor, respeto y criterio clínico cada etapa de su desarrollo.
¡Hablemos de lo que de verdad importa! No brindarles información desde el hogar no significa que ellos no la necesiten. Lo que ocurrirá es que la buscarán en fuentes poco confiables, como la pornografía, algunos contenidos de internet o sus propios compañeros. Esa información, carente de orientación y contexto, puede resultar mucho más perjudicial que una conversación abierta, basada en la confianza, el hogar y la evidencia científica.



