Hay ciudades que se explican por la altitud de sus edificios; Sincelejo se explica, ante todo, por el trazado de sus calles, la amplitud de sus plazas y la memoria viva de quienes las han caminado.
Basta detenerse unos minutos en su centro histórico para evocar otra ciudad posible: las puertas abiertas al atardecer, la conversación pausada en las terrazas, el comercio fundado en la confianza, las familias reconociéndose a través de las generaciones y el metal de las bandas de viento anunciando el arribo de enero. Era una urbe más reducida, sin duda, pero jamás desprovista de rumbo.
La historia sostiene esta afirmación. En 1775, Antonio de la Torre y Miranda arribó a estas tierras bajo la encomienda de la Corona española para reorganizar el territorio. Su misión exigía congregar a una población dispersa y articularla alrededor de un diseño urbano formal. La refundación de Sincelejo quedó atada a ese principio: una concepción de ciudad cimentada en calles ordenadas, una plaza central y el templo como eje rector.
Sincelejo no emergió del simple azar de casas superpuestas. Fue concebida y planificada. De allí nace nuestra paradoja fundamental.
Hace casi dos siglos y medio, sin automóviles, redes digitales ni las complejas disciplinas de la urbanística contemporánea, existía una determinación clara por ordenar el espacio. Hoy, a pesar de contar con especialistas, tecnología, instrumentos de ordenamiento y presupuestos superiores, padecemos los males propios de un territorio que renunció a pensarse en el largo plazo.
El devenir del antiguo corazón urbano resulta revelador. La Plaza Principal representó mucho más que un plano físico: allí convergieron la fe, el intercambio, la política y el ritmo cotidiano. Aquel espacio devino en el Parque Santander, epicentro de las transformaciones sociales de la ciudad. Investigaciones del arquitecto Gilberto Martínez Osorio documentan cómo su consolidación estuvo atravesada por debates sobre ornato, modernización y la dignidad del espacio público.
En ese mismo perímetro echó raíces una de nuestras manifestaciones culturales más potentes. Las fuentes históricas registran festejos taurinos desde 1845, los cuales evolucionaron hasta configurar las corralejas, vinculadas a las festividades del Dulce Nombre de Jesús. No obstante, la tradición trascendía el ruedo: habitaba en el porro, el fandango, las cabalgatas, los encuentros familiares y las calles convertidas en verdaderos escenarios de cohesión social. Aquello también era hacer ciudad.
Idealizar el pasado sería un error. La Sincelejo de nuestros antepasados albergó carencias, tensiones e inequidades. Sin embargo, preservaba un activo indispensable: el sentido de pertenencia y la convicción de que la ciudad constituye una obra colectiva.
Allí radica el contraste con el presente. La politiquería —aquella distorsión que sustituye la vocación de servicio por el interés electoral inmediato— nos acostumbró al cortoplacismo. Cada administración pretende refundar la ciudad, condenando los proyectos estratégicos a los vaivenes del cuatrienio.
Un modelo urbano no se improvisa cada cuatro años. Una política pública de movilidad exige décadas de continuidad; un parque debe trascender a sus gobernantes; el patrimonio pertenece a las generaciones venideras y la identidad cultural no puede reducirse a la retórica festiva de ocasión.
Sincelejo no requiere un retorno nostálgico al pasado, sino rescatar de él una lección elemental: las grandes ciudades primero se imaginan y luego se edifican. Hace más de dos siglos, alguien trazó líneas pensando en el porvenir. Hoy la interrogante es inaplazable: ¿quién está proyectando el Sincelejo de los próximos cincuenta años?
Si la respuesta sigue supeditada a las dinámicas del poder inmediato, la ciudad continuará expandiéndose sin avanzar. Si, por el contrario, reasumimos que la urbe se construye con planificación, memoria, cultura y visión prospectiva, el sueño original seguirá a nuestro alcance.
Sincelejo no perdió su grandeza; perdió, temporalmente, la voluntad de pensar en grande. Y recuperar esa determinación es una tarea que nos compete a todos.



