Hay momentos en los que las palabras parecen insuficientes frente al dolor. Hay tragedias que no solo sacuden la tierra: también estremecen el alma de una nación. Colombia vivió uno de esos momentos cuando la tierra tembló con fuerza en el suroccidente del país, dejando muerte, destrucción, angustias, familias afectadas, viviendas convertidas en escombros y comunidades enteras enfrentadas a una incertidumbre desgarradora: no saber qué encontrarían al amanecer. Pero en medio de la tragedia hay una verdad que quienes tenemos fe no podemos olvidar: Dios sigue allí.
Cuando la tierra se mueve, cuando las paredes caen y cuando el miedo se apodera del corazón, también podemos recordar las palabras del Salmo 46:2: “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida”.
La fe no significa que no sintamos miedo. Significa que, aun en medio del miedo, podemos encontrar refugio, fortaleza y esperanza en Dios. Colombia está de luto, el país llora.
Llora por quienes perdieron la vida. Por los heridos. Por quienes perdieron sus viviendas, sus bienes y sus fuentes de sustento. Pero, sobre todo, llora junto a las familias que ahora tendrán que reconstruir sus vidas desde las ruinas. Llora el campesino que vio afectado el patrimonio construido durante años. Llora el trabajador que perdió su fuente de ingresos. Llora la madre que abraza a sus hijos con miedo. Llora el anciano que contempla, con lágrimas en los ojos, aquello que construyó durante décadas convertido en destrucción.
Pero Colombia también tiene que despertar. Una tragedia de estas dimensiones no puede convertirse simplemente en una noticia de algunos días. El dolor de nuestros compatriotas no puede desaparecer de nuestra memoria cuando las cámaras se apaguen y los titulares cambien. No podemos acostumbrarnos al sufrimiento, es hora de demostrar que todavía somos capaces de sentir el dolor ajeno como propio.
Hoy, más que nunca, Colombia necesita solidaridad, empatía y acción. Cada persona puede aportar desde sus posibilidades. Una donación, un alimento, una prenda de vestir, un medicamento, una mano amiga, una palabra de aliento, una oración o simplemente acompañar a quien lo perdió todo puede convertirse en una luz en medio de la oscuridad. Jesús nos enseñó: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31).
Esa enseñanza adquiere un significado todavía más profundo cuando nuestro prójimo está sufriendo. No basta con mirar el dolor. Hay que responder ante él. No basta con compartir una fotografía en redes sociales. Hay que compartir esperanza. No basta con decir que estamos con las víctimas. Hay que estar realmente a su lado.
Debemos orar por las familias que lloran, por los heridos, por quienes continúan buscando a sus seres queridos y por todos aquellos que enfrentan la incertidumbre de haberlo perdido casi todo. Debemos orar por los rescatistas, soldados, policías, bomberos, médicos, enfermeros, voluntarios y trabajadores que permanecen en primera línea, muchas veces arriesgando su propia vida para salvar la de otros, pero también debemos orar por nuestros gobernantes.
Colombia necesita funcionarios con rectitud, integridad y conciencia de que administrar los recursos públicos no es un privilegio personal, sino una responsabilidad frente al pueblo. Cada peso destinado a la recuperación de las zonas afectadas debe llegar a quienes realmente lo necesitan.
Que nadie convierta la tragedia en negocio. Que nadie robe la esperanza de quienes lo perdieron todo. Que los recursos destinados a reconstruir viviendas, hospitales, escuelas, carreteras y comunidades sean administrados con transparencia, eficiencia y honestidad.
La Biblia nos recuerda en Proverbios 11:3: “La integridad de los rectos los encaminará”. Y Colombia necesita precisamente eso: integridad. No necesitamos discursos grandilocuentes. Necesitamos obras. No necesitamos fotografías para las redes sociales. Necesitamos soluciones. No necesitamos promesas que se las lleve el viento. Necesitamos recursos que lleguen a las comunidades damnificadas.
Como se atribuye a Albert Einstein: “En medio de la dificultad reside la oportunidad”. Quizás esta tragedia también nos está dando una oportunidad: la oportunidad de demostrar qué clase de país queremos ser. ¿Una nación indiferente ante el dolor de los demás? ¿O un país capaz de levantarse unido cuando uno de sus pueblos cae? Hoy debemos escoger la segunda.
Colombia ha sobrevivido a terremotos, inundaciones, deslizamientos, violencia, pobreza y tantas otras heridas. Y una vez más tendrá que levantarse. Pero que nadie confunda nuestra esperanza con ingenuidad. Tener fe no significa cruzarnos de brazos, la fe verdadera también se convierte en acción. Santiago 2:17 nos recuerda que “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.
Por eso, colombiano: ora, pero también ayuda. Pide a Dios, pero también extiende tu mano. Reclama justicia, pero también practica la solidaridad. Exige transparencia a quienes gobiernan, pero aporta desde tus propias posibilidades.
La tierra tembló, pero nuestro corazón no puede temblar ante el sufrimiento de nuestros compatriotas. Que nuestras oraciones suban al cielo y nuestras manos bajen a la tierra para ayudar. Que nuestra fe se convierta en solidaridad. Que nuestra solidaridad se convierta en acción y que nuestra acción ayude a reconstruir no solamente viviendas, escuelas, hospitales y carreteras, sino también la esperanza de miles de familias. El Salmo 121 nos recuerda: “Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra”.
Señor, mira a Colombia, abraza a quienes hoy lloran, sana a nuestros heridos, dale fortaleza a quienes perdieron sus hogares, Bendice y protege a nuestros rescatistas. Dale sabiduría a nuestros gobernantes. No permitas que los recursos destinados a la recuperación sean desviados por la corrupción.
Convierte las ruinas en nuevos comienzos y el miedo en esperanza, porque la tierra puede temblar, los edificios pueden caer, las riquezas materiales pueden desaparecer, pero mientras Colombia conserve la fe, la solidaridad y la esperanza, no estará derrotada. Que Dios bendiga a Colombia y a cada una de las familias que hoy necesitan una mano amiga. Amén.



