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Inicio Caldas

Cuando todo tembló, ellas se quedaron de pie: 90 segundos de miedo, valentía y amor en el San Rafael

JUAN JOSE VERBEL FUENTES Por JUAN JOSE VERBEL FUENTES
20 agosto, 2026
en Caldas, Crónica
0

Eran las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026. En el Instituto Técnico San Rafael de Manizales, Caldas, la jornada transcurría como cualquier otra. Los niños estaban en sus salones, los profesores desarrollaban sus clases y, en el grado primero, la profesora Mariana Meza escribía números en el tablero mientras explicaba matemáticas. Todo parecía normal, hasta que la tierra comenzó a moverse.

Primero fue un zumbido leve. Después, el piso empezó a mecerse como una hamaca. Los vidrios de la parte alta estallaron, las sillas comenzaron a desplazarse y las paredes crujieron. En cuestión de segundos, la tranquilidad de aquella mañana se convirtió en una escena de angustia. Los salones se llenaron de gritos. Algunos niños lloraban. Otros quedaron paralizados, mirando hacia el techo, con el temor de que todo pudiera venirse abajo.

Afuera, la desesperación también se apoderó de los adultos. Algunos padres que todavía se encontraban en el gimnasio del plantel salieron despavoridos en busca de sus hijos. “¡Mis hijos! ¡Mis hijos!”, gritaban entre el desconcierto, mientras la tierra parecía no dar tregua.

Para la profesora Mariana Meza, aquellos 90 segundos parecieron eternos. Estaba escribiendo en el tablero cuando sintió el primer movimiento. El corazón, recuerda, prácticamente se le fue a la boca. Sintió miedo, como cualquier persona habría podido sentirlo. Pero frente a ella estaban sus pequeños alumnos y, en ese instante, su propio temor tuvo que pasar a un segundo plano.

No podía quedarse paralizada. No podía correr dejando atrás a los niños. Tenía que protegerlos. Con la voz temblorosa, pero firme, dio la orden de evacuar. Los pequeños dejaron sus pertenencias y comenzaron a salir uno detrás de otro, en fila, hacia la cancha, el punto de encuentro establecido por la institución.

Mariana sentía que el mundo se le venía encima. Mientras avanzaba con sus estudiantes, pensaba que la tierra se abriría bajo sus pies. Pero no podía demostrarlo. Los niños necesitaban verla fuerte. “Tranquilos, vamos a salir. Agárrense de mí”, les repetía. Y ellos obedecieron.

No hubo empujones. No hubo carreras descontroladas. No hubo caos. Hubo organización. Y detrás de esa organización estaban los profesores. Varios docentes se pusieron delante de los niños para protegerlos. Otros comenzaron a contarlos uno por uno para comprobar que nadie faltara. Hubo pequeñas manos buscando las manos de sus maestros y abrazos que aparecieron espontáneamente cuando finalmente llegaron a la cancha.

Aquello que durante meses había parecido un simple ejercicio escolar cobró sentido en el momento más difícil. Los simulacros funcionaron. Las rutas de evacuación, las instrucciones repetidas una y otra vez, la formación en fila y la identificación del punto de encuentro dejaron de ser una actividad más del colegio. Ese día se convirtieron en una herramienta fundamental para proteger vidas.

Pero detrás de cada protocolo había algo todavía más importante: personas. Mujeres y hombres que también sentían miedo, que también tenían hijos, padres, esposos y familias a quienes querían proteger, pero que en esos segundos entendieron que tenían una responsabilidad aún mayor: cuidar a los niños que habían sido puestos bajo su protección.

Cuando finalmente llegaron a la cancha, los pequeños comenzaron a comprender la dimensión de lo que estaba pasando. Algunos lloraban. Otros temblaban. Los profesores los abrazaban, les limpiaban las lágrimas y trataban de transmitirles una tranquilidad que ellos mismos todavía estaban buscando.

En uno de los círculos donde permanecían los más pequeños, Ángel con apenas 6 años comenzó a rezar. “Dios, yo no me quiero morir”, decía. La frase salió de su boca con la inocencia y el miedo de un niño que acababa de sentir cómo el mundo que conocía se movía bajo sus pies. Era quizás el sentimiento de todos: el miedo a morir, a perder a alguien, a no volver a abrazar a la familia.

Los docentes se convirtieron entonces en refugio. Los abrazaban, les hablaban y repetían una frase que los niños necesitaban escuchar: “Ya pasó. Estamos bien”.

Pero ellos también tenían miedo. También querían saber cómo estaban sus familias. También necesitaban escuchar una voz al otro lado del teléfono que les dijera que sus hijos estaban bien. Y, aun así, permanecieron allí.

Mientras los padres corrían hacia el colegio, otros intentaban comunicarse desesperadamente por teléfono. Querían escuchar una sola frase, una frase capaz de devolverles el aire: “Papás, estamos bien. Los niños están bien”. Ese era el mensaje que todos esperaban y los docentes lo enviaron en medio del colapso telefónico.

Mientras las familias buscaban desesperadamente información, los profesores y directivos permanecían al lado de los niños, contándolos, abrazándolos y asegurándose de que ninguno quedara solo. No solo evacuaron a los estudiantes: los protegieron mientras ellos mismos tenían miedo.

Entre las docentes estaba Carolina. Durante la emergencia también tuvo que enfrentarse a una angustia personal que llevaba dentro. Mientras ayudaba a los niños, no sabía qué estaba ocurriendo con su propia familia. No sabía dónde estaba su pequeña Luciana. No sabía cómo estaba su esposo. No sabía cómo se encontraba su bebé. Cada segundo sin noticias aumentaba su angustia, pero no podía detenerse. Primero había que sacar a los niños. Primero había que ponerlos a salvo. Primero había que comprobar que todos estuvieran bien. Y Carolina, como sus compañeras y compañeros, cumplió con su deber.

Solo después, cuando terminó la jornada y llegó el momento de entregar el ultimo niño a su familia, pudo permitirse sentir todo aquello que había contenido durante horas. Cuando finalmente se encontró con su esposo, se desplomó en sus brazos y lloró.

Ya no tenía que ser la profesora fuerte. Ya no tenía que esconder el miedo. Ya no tenía que decirle a nadie que estuviera tranquilo. Por fin podía permitirse sentir todo aquello que había guardado durante la emergencia. En aquel abrazo estaba todo: el miedo por sus estudiantes, la angustia por su hija, la incertidumbre por su familia y el alivio de saber que, finalmente, estaban a salvo.

Aquel abrazo fue también el recordatorio de que detrás de cada maestro que protegió a un niño había un ser humano que también estaba asustado.

Han pasado ocho días desde aquel momento, pero el miedo no desaparece de un día para otro. No es fácil olvidar cómo crujía la tierra, cómo estallaban los vidrios, cómo las sillas se desplazaban, cómo corría la gente y cómo todo parecía amenazar con desplomarse. Durante unos segundos, la sensación fue como si la vida pudiera desaparecer, como si todo aquello que parecía seguro pudiera dejar de serlo en un instante.

Por eso, volver hoy al colegio no significaba simplemente regresar a los salones. Significaba comenzar a recuperar la confianza. Este martes 18 de agosto, ocho días después del terremoto de 7,4, los niños regresaron al Instituto Técnico San Rafael. El mismo salón que había sido escenario del miedo volvió a llenarse de voces infantiles. En la puerta estaba Mariana. Esta vez no había gritos. No había vidrios estallando. No había paredes crujiendo. No había tierra moviéndose. Había una sonrisa. “Bienvenidos”, les dijo.

Las primeras dos horas de la jornada fueron diferentes. Antes de regresar completamente a las matemáticas y a las actividades habituales, la profesora habló con sus estudiantes sobre lo ocurrido. Les explicó qué había pasado y, sobre todo, los felicitó. Habían seguido las instrucciones. Habían respetado los protocolos. Habían evacuado correctamente. Habían permanecido juntos. Habían demostrado que los simulacros no eran un juego. Ese día, además, la alarma no sonó. Pero ya nadie necesitaba escucharla para comprender su importancia.

Lina, la psicóloga de la institución, también acompañó el regreso. Entendió que las heridas del terremoto no estaban solamente en los vidrios rotos o en las paredes afectadas. También estaban en la memoria de los niños, en los silencios, en las preguntas, en los sueños y en el temor de volver a escuchar un ruido fuerte.

Su recomendación fue sencilla, pero profunda: “Vamos a jugar, a integrarnos y a hablar de lo que pasó”. Porque el miedo también deja heridas y no todas se ven. Algunas aparecen en forma de silencio, otras en pesadillas, temor o preguntas que los niños no saben cómo formular. Por eso, regresar a la escuela era mucho más que volver a estudiar. Era recuperar la rutina, volver a reír, volver a jugar, volver a abrazar y volver a sentirse seguros.

El Instituto Técnico San Rafael vivió los 90 segundos del terremoto que parecieron eternos. La tierra se movió, los vidrios sonaron, las paredes crujieron, los niños lloraron, los padres corrieron y los profesores sintieron miedo. Mucho miedo. Pero el colegio no cayó.

Y no cayó solamente porque sus paredes resistieron. No cayó porque hubo mujeres y hombres que, mientras todo temblaba, permanecieron firmes. Profesores que pusieron a sus estudiantes por encima de su propio miedo. Maestras que protegieron a los hijos de otros mientras pensaban desesperadamente en los suyos. Docentes que abrazaron a niños que lloraban mientras, en silencio, también necesitaban un abrazo. Directivos que tuvieron que tomar decisiones en medio de la incertidumbre. Profesores que entendieron que, en ese instante, cada segundo podía significar mucho.

Y fueron ellos quienes enviaron a las familias el mensaje que más necesitaban escuchar: “Papás, estamos bien. Los niños están bien”.

Por eso, cuando se hable de lo ocurrido en el San Rafael, no debería hablarse únicamente de los vidrios rotos, las paredes afectadas o los segundos en que la tierra hizo temblar la institución. Hay que hablar de sus profesores. De sus directivos. De esas mujeres y hombres que vencieron sus propios miedos para proteger a los niños.

Porque ese día no fueron solamente maestros. Fueron refugio. Fueron brazos. Fueron voces de calma. Fueron escudos. Fueron la seguridad que los niños necesitaban cuando todo a su alrededor parecía venirse abajo.

Y quizá esa sea la imagen que permanezca en la memoria cuando el tiempo borre el ruido de los vidrios y el movimiento de la tierra: una profesora tomando de la mano a un niño; otra contando uno por uno a sus estudiantes; un maestro poniéndose delante de sus alumnos para protegerlos; un niño rezando para no morir; una psicóloga ayudando a los pequeños a entender el miedo; una madre buscando a su hijo; un padre esperando escuchar que estaba bien y, al final de la jornada, una profesora desplomándose en los brazos de su esposo porque, por fin, podía dejar de ser fuerte.

Las profesoras y los profesores del San Rafael no fueron valientes porque no sintieran miedo. Fueron valientes porque sintieron miedo y, aun así, decidieron que primero estaban los niños.

Fueron 90 segundos en los que todo tembló, pero también fueron 90 segundos en los que quedó demostrado que la verdadera fuerza de un colegio no está solamente en sus paredes, sino en las personas que, cuando todo tiembla, deciden quedarse de pie para cuidar a los demás.

Y mientras el San Rafael vuelve poco a poco a llenarse de risas, cuadernos, juegos y voces infantiles, queda en el corazón de sus maestros, de sus familias y de sus estudiantes una oración sencilla, profunda y sincera: Gracias, Dios, porque nos permitiste salir juntos. Gracias por nuestros niños. Gracias por nuestros maestros. Gracias por nuestras familias. Gracias porque, cuando todo tembló, no nos soltaste.


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Periodista de Radio, Prensa y Televisión con más de 30 años de experiencia | Apasionado por contar historias y llevar la verdad a través de los medios.

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