Entre los factores críticos que han arruinado moralmente la historia contemporánea de Santa Marta está el haber permitido que se mine su seguridad y se pisotee su honor. Se ha utilizado la imagen y el prestigio de Simón Bolívar para blandir su espada y utilizar sus banderas con el propósito de alcanzar el poder a través de la criminalidad, ahora asociada al narcotráfico.
Ignoraron los canales del buen uso de la razón para desconocer que las respuestas de la historia ante los fallidos gobiernos comunistas simbolizan pobreza y miseria. Aun así, insisten. Los comunistas irrespetaron el sepulcro de Bolívar. Han ligado su causa libertaria con la criminalidad, el terror y lo inhumano.
También utilizaron la misericordia de Dios y su espíritu social y bondadoso de dar de comer al hambriento, quitándoles los progresistas la comida al prójimo, pero sin dar de sí nada y sí mucho de lo que le pertenece al pueblo, que, según esta crítica, se lo roban descaradamente.
Así las cosas, el progresismo es presentado como una organización de extorsionistas de compleja estrategia y de venenosos resultados. Una muestra sería, según esta visión, la Colombia de hoy, totalmente desfalcada económicamente.
Esa situación es la misma que le abrió las puertas para que impactaran todas las fuentes importantes de ingreso de Santa Marta, como el crecimiento organizado de su urbanismo, que no lo hay. Allá, sus habitantes dicen que viven en zozobra.
Cuando es el desorden el que impera, prosperan las miserias habitacionales, que reflejan la postración colectiva y, según el autor, la perversidad e incompetencia de sus gobernantes. Si la seguridad atrae el turismo, la prosperidad comercial y el empleo, y se olvidan de la falta de asistencia social, médica, educación, servicios públicos, luz y agua, la tarea es incompleta, porque todas las seguridades son necesarias para el crecimiento colectivo, personal, espiritual, económico y empresarial de un país.
La falta de todos los requerimientos obligatorios para cumplir una agenda social de gobierno equitativa llevó a la ciudad al trágico caos, que se incrementó durante el cuatrienio de Petro, en el que los ojos de los funcionarios estaban puestos en el interés político y, tal vez, en el monetario, antes que en servirle a la comunidad.
Santa Marta es bella. ¿Por qué no la cuidan? Por eso, quien parece gobernar no es el Estado de derecho, sino uno alterno que luce asociado a la criminalidad. Eso es lo que dicen que está ocurriendo en Santa Marta con su administración pública y parece que no lo supieran.
Se centraron en hacer florecer la plaga para matar la cosecha y ahora se les creció el problema. Sus gobernantes, como medio de supervivencia y para protegerse, se convirtieron en parte del mismo problema que hoy el nuevo gobierno enfrenta.
Son pocas las excepciones de gobernantes que lo hicieron bien o de manera aceptable en el departamento y su capital, Santa Marta; por ello, su atraso. De unos años a esta fecha, llegaron al poder los aires del progresismo para cumplir una misión política y no un deber de servicio social.
Se aprovecharon de la fama histórica para utilizar las conquistas heroicas de Simón Bolívar, no como espada liberadora de la pobreza y en pro de una verdadera justicia social, sino como una justificación equivocada para hacer politiquería, más inclinada e interesada en sus afectos ideológicos progresistas. Por ello, daba la impresión de que, para poder vencer y mantenerse en el poder, se requería ser tolerantes con el terrorismo.
De ese modo, el gobierno de la ciudad y el departamento dan la impresión de que tenían sus propios organismos de seguridad, que aparecen como los calanchines para cogobernar. Dada la circunstancia de riesgo en la que viven los samarios, y en especial la gente indefensa, considero que la presencia del presidente Abelardo De La Espriella, con arma al cinto, tiene varios mensajes: primero, expresarles a sus habitantes que tienen quien los acompañe y los proteja; y segundo, que el principio de autoridad comienza por casa y que el liderazgo se ejerce al frente del campo de batalla, y no sentado, tomando café en un escritorio en Bogotá.
El accionar terrorista y la presencia de sospechosos que, según se dice, están incrustados en la administración pública y estarían haciendo inteligencia y contrainteligencia subversiva es un asunto que, considero, vale la pena investigar. Hay que desarticular y llevar al lugar que les corresponde a todos aquellos que alteren el orden y la tranquilidad pública.
Al señor alcalde y al gobernador sería recomendable que se ajusten a la realidad y no le pongan maquillaje a la inseguridad, porque hoy la gente de bien está sirviéndole a la nación como voluntarios agentes encubiertos.

