Después de muchos años de lucha por la igualdad de derechos de las personas trans y de género no binario, seguimos enfrentándonos a una sociedad cargada de odio y prejuicios. Esta hostilidad se traduce en múltiples formas de violencia hacia la población sexualmente diversa, especialmente contra quienes se identifican como trans o no binarios. Tanto así que muchas de estas personas han optado por renunciar al sueño de un mundo inclusivo con tal de preservar su vida e integridad.
La identidad de género es la percepción interna y profunda que tiene una persona de sí misma como hombre, mujer o en alguna otra expresión dentro del espectro de género. Cuando hablamos de personas trans o de género no binario, nos referimos a aquellas cuya identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer. Esta incongruencia es una variante natural de la identidad y la expresión de género humano, y no una enfermedad mental, como erróneamente se pensaba en el pasado.
Hasta 2019, se estimaba que la población trans en Colombia representaba aproximadamente el 0,05% de la población total. Sin embargo, se presume que existe un subregistro, y la ausencia de información estadística clara representa una gran barrera para avanzar en políticas públicas que garanticen sus derechos.
A lo largo de su vida, las personas trans y no binarias enfrentan violencia en diversos entornos: en sus hogares, escuelas, calles, centros de salud e instituciones. Desde temprana edad son víctimas de discriminación y exclusión. Muchas son expulsadas de sus hogares por sus propias familias, lo que conlleva a la falta de vivienda. En el ámbito educativo, son blanco de acoso y marginación. En el entorno laboral, la discriminación las empuja hacia empleos informales o al trabajo sexual. En el sistema de salud, enfrentan múltiples obstáculos para acceder a tratamientos de afirmación de género. Además, son víctimas de violencia psicológica (burlas, amenazas), física (agresiones, homicidios) y sexual, exponiéndolas a consecuencias devastadoras como el abuso de sustancias, el suicidio o prácticas artesanales peligrosas para transicionar.
La esperanza de vida de una persona trans en Latinoamérica es de apenas 35 años, en contraste con los más de 70 años de la población cisgénero. Solo en 2024 se registraron 258 casos de violencia contra personas trans y no binarias en Colombia, incluyendo 26 homicidios, lo que representó un aumento de casi el 30% respecto a 2023. Y en apenas los primeros cuatro meses de 2025, ya se han reportado 25 homicidios más. Muchos de estos crímenes, como el reciente asesinato de Sara Millerey, han estado marcados por tortura y sevicia, reflejando el profundo odio y rechazo que enfrenta esta comunidad.
Probablemente la mayoría de nosotros hemos crecido en una sociedad moralista, normativa, atravesada por el dogmatismo religioso y con escasa educación sexual integral. Esto dificulta la apertura hacia la diversidad y nos impide aceptar que no ser binario también es parte de la naturaleza humana. Está bien tener creencias, religiones o culturas distintas. Lo que no está bien es agredir, excluir, minimizar o violentar a alguien por ser diferente a lo que consideramos “normal”.
Es urgente hablar de las personas con variabilidad de género, visibilizar sus problemáticas y promover estrategias inclusivas tanto en los sistemas de salud como en la sociedad en general.
Cada vez somos más quienes nos sumamos a la lucha contra las violencias de género y la discriminación hacia las personas sexualmente diversas. Pero aún no somos suficientes. Se necesitan más leyes, más representación política, más visibilidad en los medios, mayor acompañamiento del sector salud, educación sobre diversidad sexual y, sobre todo, más amor y empatía por el otro.
Como sociedad, podemos aportar desde lo individual: rompiendo el estigma, promoviendo el trato digno, llamando a las personas por el nombre con el que se identifican, y respetando sus derechos, que son los mismos que tenemos todos los seres humanos.
Hoy te invito a que abras tu mente y tu corazón. La diversidad sexual nos toca a todos. En cualquier momento, tu familiar, amigo o conocido puede estar siendo humillado o violentado por su identidad. ¿Vas a sumarte a esa violencia, o te animas a romper estereotipos?



