Desde la hondura de mi pecho de soldado de Infantería, me brota esta elegía como un grito ahogado y a la vez como un rezo. No es fácil contener las lágrimas cuando se piensa en tantos hermanos de uniforme (militares y policías) que han entregado su vida en los últimos tres años, víctimas de un conflicto armado que no cesa, y de un gobierno que con su permisividad ha dado alas al narcoterrorismo que nos desangra.
Hoy me duele la Patria. Duele ver los féretros cubiertos con la bandera, duele escuchar el toque de silencio que corta la tarde, duele mirar los rostros de madres, esposas e hijos que se quedan sin el abrazo del héroe que partió demasiado pronto. Cada nombre, cada rostro, cada historia, es un pedazo de Colombia que se nos arranca de raíz.
Pero más duele la indiferencia. Duele saber que quienes deberían alzar la voz por ellos callan o justifican. Que se habla de paz mientras a nuestros héroes los entierran. Que se negocia con los violentos mientras se olvida a los guardianes del orden. Esa es la herida más profunda: la de un Estado que parece haber abandonado a sus propios defensores, dejándolos a merced de un enemigo fortalecido por la complacencia oficial.
Como soldado, me resisto a la resignación. Ha sangrado mi cuerpo herido, he visto la sangre en la tierra de superiores, compañeros y subalternos, he sentido el silbido de las balas y he cargado en mis hombros a un hermano caído. Sé lo que significa entregar la vida por la bandera. Y por eso, aunque nos quieran doblegar, no podrán con nuestro espíritu. Los caídos no se van: se transforman en memoria viva, en fortaleza que nos impulsa, en juramento de no claudicar.
A ustedes, mis hermanos militares y policías que hoy descansan en la eternidad, les digo: no nos olvidaremos de ustedes. Cada amanecer en el cuartel, cada marcha, cada guardia en la madrugada, lleva el eco de su sacrificio. Cada soldado, cada infante de marina, cada aviador y cada policía que sigue en pie, lleva en el corazón la fuerza de ustedes, los inmortales.
Pedimos a Dios que reciba sus almas en la gloria eterna. Que sus nombres no se borren jamás de la historia. Que la Patria, algún día, sea digna de su entrega. Y que sus familias encuentren consuelo en saber que no murieron en vano, porque su sacrificio es semilla de libertad y de esperanza.
Nos queda el deber de no olvidar. De repetir una y otra vez que fueron héroes, que defendieron la vida aun a costa de la suya, que dieron todo por una Colombia que, a pesar de sus ingratitudes, merece ser defendida. Y mientras tengamos voz, seguiremos denunciando la injusticia de un gobierno que, en lugar de protegerlos, ha preferido tender la mano a quienes los asesinan.
En esta elegía, hecha de dolor y de rabia contenida, pero también de amor inmenso por los héroes caídos, reafirmo mi juramento: ¡los héroes no mueren, se siembran en la tierra de la patria! Y cada flor que crezca en sus tumbas será testimonio de que nunca serán olvidados.
Descansen en paz, hermanos. Aquí seguimos en pie, con la mirada al frente y el fusil al hombro, dispuestos a honrar su memoria con cada paso en el camino de la patria. Patria, Honor, Lealtad.

