“…Si Palestina desaparece, la humanidad desaparecerá… si Colombia desaparece, la humanidad también desaparecerá…”
Sí, así como lo expresó públicamente nuestro presidente Petro: “Hablaré en Colombia para abrir la lista de voluntarios colombianos y colombianas que quieran ir a luchar por la liberación de Palestina… Participaría personalmente en el combate si le correspondiera, como presidente de la República de Colombia. No me asusta, ya estuve en otras”.
Los guerreros que deseen alistarse para ingresar a dicho ejército deben, cuanto antes, iniciar sus prácticas. Los veteranos jubilados de “barriga ecológica”, a desempolvar las botas y el camuflaje; y los que nunca han disparado ni con cauchera, a llevarlos a los clubes de tiro y caza, para que hagan sus pininos y así poder llamarlos reclutas.
Se trata de los pelafustanes que nuestro presidente quiere involucrar en una guerra que duele por lo que está sucediendo —por las masacres contra personas indefensas—, pero que no es de nuestro resorte. Aquí tenemos conflictos similares y ningún país ha venido en nuestra ayuda. Y para que un soldado voluntario se enfrente a los desquiciados y asesinos israelíes, deberá primero tener disciplina y aprender a ser brutal, sádico y despiadado.
En cuanto a nuestro glorioso Ejército Nacional, considerado una fuerza legítima y coercitiva del Estado, ha enfrentado innumerables desafíos tanto globales como locales. Actualmente, los problemas le sobran día a día en un país convulsionado con más de doscientos años de historia guerrerista y una ardua lucha contra el narcotráfico, las guerrillas y el crimen organizado. Por eso, pretender encasillarlo en otro enfrentamiento, que aunque doloroso, no es nuestro, resulta absurdo.
¿Cuál es la función de un soldado en guerra? Fácil: aprender a matar. Y si no está mentalizado para ello, regresará —si es que regresa vivo— hecho una piltrafa humana. Llevará en su conciencia el terror de la muerte y, con seguridad, enfrentará problemas psiquiátricos, alcoholismo, drogadicción y, muy pronto, terminará conviviendo en una fosa común en ese lejano país o en un apartado cementerio pueblerino. Mientras tanto, la profecía del mártir incitador, una vez culmine su mandato, estará izando banderas de indolencia en otros países, y nuestras familias izarán banderas a media asta consumiéndose en su dolor.
Aquí no caben los famosos mercenarios que se van a pelear a Ucrania con aparentes sueldos voluminosos, cuando en su mayoría regresan en cajas mortuorias, en aviones de carga, con pago de fletes contra entrega, como cualquier maleta o encomienda. A Gaza irán con el visto bueno del gobierno. No sabemos si con sueldo, ya que el país se encuentra más quebrado que un bulto de canela; y si no hay recursos para la Ley de Financiamiento, mucho menos para pagarles a los guerreristas bonachones de esta salida en falso presidencial.
Es cierto que lo que sucede en Gaza es un genocidio, y lo repudiamos a todas voces. Pero de allí a enviar colombianos sin entrenamiento —o miembros del Ejército— para que sean masacrados, también es un genocidio. Al presidente lo elegimos para gobernar Colombia y resolver primero nuestros problemas, que son bastantes. “Si Palestina desaparece, la humanidad desaparecerá… si Colombia desaparece, la humanidad también desaparecerá.”



