El salario mínimo subió más del 23%. Y antes de que el reloj marcara el inicio del nuevo año, hubo aplausos, pitos, sonrisas y discursos triunfalistas. El anuncio fue presentado con bombos y platillos como una victoria popular, como un acto de justicia social largamente esperado, como si el simple decreto presidencial tuviera la capacidad mágica de corregir los problemas estructurales de la economía colombiana. Pero la realidad, que no entiende de consignas ni de aplausos, suele llegar después. Siempre llega.
Porque cuando el salario mínimo sube de manera abrupta y desconectada de la productividad, no sube solo el ingreso nominal. Sube la canasta familiar, suben los alimentos, sube el transporte, suben los arriendos, suben los servicios públicos, suben los insumos, sube la informalidad y sube la inflación. En otras palabras, sube todo lo que termina anulando el supuesto beneficio. Quizás los mismos que hoy celebran con entusiasmo serán los que mañana, frente a una góndola vacía o un recibo impagable, se pregunten en qué momento el salario “histórico” dejó de alcanzar.
Esta no es una discusión ideológica ni un capricho de tecnócratas insensibles. Es una discusión económica básica. Aumentar el salario mínimo muy por encima de la inflación real, de la productividad y de la capacidad del aparato productivo no es progresismo: es populismo. Es una decisión irresponsable que golpea al pequeño y mediano empresario, empuja a miles de empleadores a la informalidad o al cierre, y termina destruyendo empleo formal, precisamente el más necesario para garantizar estabilidad y derechos laborales.
El populismo siempre opera igual: promete alivio inmediato, oculta los costos futuros y culpa a otros cuando el daño se hace evidente. Hoy se celebra el decreto; mañana se justificará la inflación; pasado mañana se señalará al “empresariado codicioso” como responsable del desastre. Nunca al que firmó la decisión.
Algunos decían, no hace mucho, que Colombia jamás se parecería a Venezuela. Y ojalá mis palabras no sean proféticas. Pero la historia no se repite de forma idéntica; se parece peligrosamente. Los países no colapsan de un día para otro. Se deterioran paso a paso, decisión tras decisión, aplauso tras aplauso.
“Y se hizo la oscuridad… y mientras las focas aplaudían comenzó el éxodo”. No ocurrió de inmediato. Nunca ocurre así. Hoy abundan las señales. Señales que ya no pueden ser ignoradas por quien actúe de buena fe. Corrupción desbordada, inseguridad creciente, contubernio evidente con grupos armados ilegales, debilitamiento sistemático de la Fuerza Pública, discursos que legitiman al criminal y deslegitiman al soldado y al policía. A esto se suma la peligrosa normalización del narcotráfico, la narrativa que pretende maquillar los cultivos ilícitos, y el constante ataque a las instituciones que no se arrodillan ante el poder.
El aumento irresponsable del salario mínimo no es un hecho aislado. Es parte de un modelo de gobierno que desprecia la técnica, desoye las advertencias y gobierna desde el ego y la confrontación. Un modelo que confunde popularidad momentánea con legitimidad duradera. Un modelo que necesita enemigos permanentes para justificar sus errores: la prensa, la justicia, los empresarios, las Fuerzas Armadas, la oposición, cualquiera que no aplauda.
Y como si fuera poco, se agita de nuevo el fantasma de una asamblea constituyente, ese recurso clásico cuando el poder empieza a sentirse incómodo con los límites institucionales. A buen entendedor, pocas palabras. Las señales están ahí, claras, insistentes, reiteradas.
La irresponsabilidad fiscal y económica no es un accidente: es una estrategia. Gobernar desde la emoción, desde el discurso incendiario, desde la promesa imposible. Y cuando el Estado se acostumbra a imponer sin medir consecuencias, el siguiente paso siempre es el mismo: controlar, señalar, confiscar. Hoy se aplaude el salario mínimo. Mañana se atacará la empresa. Pasado mañana se cuestionará la propiedad privada. Y un día cualquiera, alguien preguntará sin rubor:
- —¿De quién es ese edificio?
- —De fulano, expresidente.
- —Entonces… exprópiese.
No es exageración. Es memoria histórica. Es advertencia basada en hechos, no en fantasmas. Así comenzó en otros países que hoy sirven de triste espejo. Así se justificó todo en nombre del pueblo, mientras el pueblo empobrecía.
Que no nos digan después que no lo advertimos. Que no nos pidan silencio cuando la inflación devore el salario que hoy celebran. Que no culpen al mercado, ni a la oposición, ni al pasado, cuando el presente ya muestra sus grietas.
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Petro no es una anomalía aislada; es el síntoma más peligroso de una deriva que combina populismo económico, autoritarismo discursivo y desprecio por la institucionalidad. Y sí, es peor que Chávez, porque aprendió de su experiencia, de sus errores y de sus métodos. Por eso el daño puede ser más rápido y más profundo. Sobran las palabras. Lo que empieza a faltar es el tiempo.

